Samuel Yáñez: divorciados vueltos a casar

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Jorge Costadoat: criterios para leer Amoris laetitia

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Judith Schönsteiner: Amoris laetitia y homosexualidad

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Carolina del Río: la mujer en Amoris laetitia

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Carmen Reyes: el amor y la familia

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Conversación sobre Amoris laetitia

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El amor en el proceso de hacer familia

FamiliaCarmen Reyes V.

Para mí, fue un gozo la lectura de Amoris Laetitia (AL). Es la obra de un pastor “con olor a oveja”, que ha escuchado mucho y que sabe de alegrías y dolores en distintos tipos de familia. Un pastor que, en diálogo con las ciencias humanas, es capaz de integrar lo bueno que rescata de ellas y de expresarlo en un lenguaje claro y sencillo. Un pastor práctico, con experiencia en buscar caminos para encontrar soluciones a los desafíos que enfrenta. Pero, sobre todo, un pastor apasionado por el anuncio principal de Jesús: el amor, que es la médula que recorre todo el texto. Un pastor que en la exhortación quiere “contemplar a Cristo vivo en tantas historias de amor” (AL, nº 58 y 59).
La importancia de la familia radica en la experiencia del amor que se vive en ella.
Para el papa Francisco, el matrimonio y la familia tienen un enorme valor, porque en ellos se vive la experiencia del amor, un amor semejante al amor de Dios por la humanidad (AL, nº 27). Para evitar equívocos, el papa se explaya largamente en lo que significa amar, haciendo una relectura del himno al amor de san Pablo (AL, nº 91 a 119), agregando que el amor requiere compromiso, contacto y dedicación, lo que hace posible que pueda crecer más y más. Un amor que en las relaciones no es sólo dar, sino también recibir –porque además de ser seres espirituales, somos seres de carne, necesitados-. Un amor que se expresa en la pasión y en la ternura, como también a través de la corporalidad (AL, nº 120 a 152).
Vivir relaciones de amor como éstas es el anhelo de todos los hombres. Los seres humanos no estamos hechos para vivir solos (AL, nº 13). Por eso, el encuentro de un hombre con una mujer se experimenta como el “comienzo de la fortuna” (AL, n° 12), que es la posibilidad de vivir en el matrimonio y la familia la experiencia de mantener vínculos estrechos de apoyo, estímulo, consuelo y cuidado mutuo (AL, n° 315, 316, 321, 322). Francisco expresa que Dios mismo vive en todas las familias en que de alguna manera se expresan estas relaciones de comunión (AL, nº 57, 77, 291 y 314).
Su esperanza es que quienes lean la exhortación se sientan llamados “a cuidar la vida de las familias, porque ellas no son un problema, sino principalmente una oportunidad” (AL, nº 7); no sólo para el ser humano, también para la Iglesia, porque en una comunión familiar bien vivida las exigencias van permitiendo abrir cada vez más el corazón, haciendo posible así el encuentro cada vez más íntimo y pleno con Dios” (AL, nº 313-324). Y oportunidad para la sociedad, ya que una familia en la que se viven y se aprenden relaciones de amor puede ir haciendo “doméstico” el mundo, instaurando la cultura del encuentro (AL, nº 183), donde nadie se sienta solo, sanando las heridas de los abandonados, atendiendo a los pobres y defendiendo a los frágiles (AL, nº 321 y 324).
El amor humano es un proceso y en la vida siempre es incompleto.
La exhortación nos propone un ideal de relaciones amorosas a vivir en la familia. Sin embargo, nos confronta desde el comienzo con la realidad. Francisco inicia el capítulo primero señalando que la Biblia está poblada de historias de amor y también de crisis familiares (AL, nº 8). Dice: “ninguna familia es una realidad celestial, (…) sino que requiere una progresiva maduración de su capacidad de amar”. La perfección sólo la encontraremos en el Reino definitivo (AL, nº 325). Somos personas y realidades familiares que están siempre en proceso de transformación, de maduración, incompletas e inacabadas, en camino hacia una perfección que no es exigible en esta vida. Las personas somos limitadas (AL, nº 122), avanzamos paso a paso. A veces, cargamos con problemas de nuestra historia que nos impiden avanzar a un amor más completo (AL, nº 239); otras, pasamos por crisis que detienen el proceso (AL, nº 236). Estamos influidas además por una cultura que a veces no ayuda en el desarrollo del amor y también por factores sociales que hacen difícil constituir familias sólidas (AL, nº 25, 33, 34, 40 y 41). Por eso el papa invita a no juzgar y, por el contrario, a alegrarnos porque en todas las personas y relaciones podemos encontrar algo bueno (AL, nº 119, 291 y 308); destellos de amor, semillas del Verbo (AL, nº 77 y 78) que hay que saber identificar y acompañar para ayudarlas a dar un paso más en su proceso de desarrollo (AL, nº 325).
Francisco describe así el proceso del amor en la relación conyugal: “del impacto inicial, caracterizado por una atracción marcadamente sensible, se pasa a la necesidad del otro percibido como parte de la propia vida. De allí se pasa al gusto de la pertenencia mutua, luego a la comprensión de la vida entera como un proyecto de los dos, a la capacidad de poner la felicidad del otro por encima de las propias necesidades, y al gozo de ver el propio matrimonio como un bien para la sociedad” (AL, nº 220).
El proceso de la vida familiar con sus exigencias, sus etapas y sus crisis -cuando logramos sortearlas- nos ayuda a madurar, a ser más generosos, más atentos a las necesidades de los otros. De ahí que Francisco vaya desgranando la constitución de las familias a lo largo del tiempo, desde la formación de la pareja hasta la ancianidad, con los desafíos que significan los diversos tipos de vínculos. Su preocupación central es ayudar a crear y desarrollar relaciones sólidas que ayuden a superar los momentos duros, de tal forma que las parejas y las familias puedan continuar juntas en su camino hacia el futuro (AL, nº 211).
Propuestas para el acompañamiento pastoral en las etapas de la vida familiar
El documento discurre por las etapas de la vida familiar y va haciendo propuestas para el acompañamiento pastoral, las cuales están apoyadas en la doctrina y también en las ciencias humanas, especialmente la psicología. Sus aportes son muchos, por lo que me detendré sólo en algunos.
Respecto a la preparación remota para la vida familiar, señala que más allá de otros esfuerzos, el buen testimonio de los padres es probablemente la mejor preparación (AL, nº 208). El papa Francisco considera que las familias cristianas son los primeros sujetos de la pastoral familiar, porque su testimonio gozoso permite a las personas descubrir su anhelo de vivir relaciones en las que se hacen carne los vínculos estrechos, el cuidado, el consuelo, el perdón y la confianza en Dios (AL, nº 200, y 314 a 324).
En relación a los novios que han formalizado el compromiso, afirma que es importante acompañarlos para que se den cuenta si su compromiso tiene posibilidades reales de estabilidad. Como a veces están sostenidos sólo por la atracción mutua y se conocen poco, es necesario ayudarles a reconocer si hay incompatibilidades o riesgos y también a hablar de lo que cada uno espera de su matrimonio (AL, nº 209 y 210).
Parte del acompañamiento es hacerles ver que el matrimonio no da cabida al sometimiento de la mujer, menos aún al ejercicio de la violencia contra ella, porque hombre y mujer poseen ambos una idéntica dignidad (AL, nº 54) y están igualmente llamados a la donación recíproca para ayudar al desarrollo del otro, en fidelidad, respeto y cuidado (AL, nº 155 y 156.) . Más aún, indica que las decisiones familiares han de tomarse en conjunto (AL, nº 220) y apoya la flexibilidad respecto a las tareas que realizan ambos, dentro y fuera del hogar (AL, nº 286).
Sugiere asimismo acoger y cuidar con cariño a los fieles que conviven o están casados por el civil, conocer los factores que pueden haberlos llevado a asumir esta opción y alentarlos a crecer humana y espiritualmente. En los casos en que haya estabilidad, afecto, responsabilidad por los hijos y capacidad de superar las pruebas, animarlos –si es posible- al sacramento del matrimonio (AL, nº 78 y 293).
En relación a la celebración del sacramento del matrimonio, señala que quienes se casan deben asumir que el matrimonio no es un rito vacío a realizar por todos; no es una convención social necesaria con la que hay que cumplir, ni un mero signo externo de compromiso. Francisco presenta el matrimonio sacramento como una vocación que requiere ser discernida. Es una opción de vida, “es la respuesta al llamado específico a vivir el amor conyugal como signo imperfecto del amor entre Cristo y la Iglesia. Por lo tanto, la decisión de casarse (…) debe ser fruto de un discernimiento vocacional” (AL, nº 72).
En la vida sexual de los cónyuges rescata el valor del placer y la pasión. Porque la sexualidad, creación de Dios, es un regalo maravilloso que, en su dimensión erótica, embellece el encuentro de los esposos (AL, nº 142 y 153) y agrega que la sexualidad está en primer lugar al servicio de su amor, no sólo al de la procreación (AL, nº 80).
En cuanto a la fecundidad, aclara que la paternidad responsable no significa procreación ilimitada sino que ella ha de ser fruto de un discernimiento (AL, nº 167), discernimiento que requiere un diálogo consensual entre los esposos, respeto de los tiempos, consideración de la dignidad de cada uno, escuchar la conciencia, y formarse un juicio ante Dios (AL, nº 222). Y respecto a los niños que han sido concebidos, el papa hace una preciosa reflexión acerca de cómo cada uno de ellos ha sido soñado y amado por Dios desde la eternidad (AL, nº 168) y pide a las madres que cuiden que nada les quite el gozo por el hijo que esperan (AL, nº 171).
Se detiene también en la educación de los hijos, centrándose en tres aspectos: su desarrollo moral, su educación sexual y la transmisión de la fe (AL, nº 259 a 290). Y en la importancia de que ambos, el padre y la madre, asuman su responsabilidad respecto a ellos (AL, nº 172 a 176). Incluso se toma un espacio para los hijos únicos, que deben convivir con otros para aprender acerca de la fraternidad (AL, nº 194) y también para los hijos ya mayores, que deben partir para desarrollar su propio camino de vida (AL, nº 190).
Francisco se ocupa además de las relaciones con la familia grande, con los padres y con los ancianos de la familia a quienes se debe respetar y cuidar (AL, nº 188 a 193); con los suegros y otros parientes del cónyuge (AL, nº 198) y con los miembros de la familia que tienen problemas y que necesitan acogida y apoyo -los discapacitados, las madres adolescentes, los niños que no tienen padres (AL, nº197)-.
Como parte de la fecundidad del amor familiar, Francisco hace hincapié en la participación social de la familia, que sale de sí para ser solidaria con los que la necesitan y para ayudar a construir un mundo más justo, más humano (AL, nº 181 y 182).
Finalmente, cuando se produce la muerte del cónyuge (o de otro ser querido), insta a ayudar a ver que la vida no se detiene, sino que quienes quedan tienen que seguir cumpliendo su misión en esta vida (AL, nº 253 a 255).
El proceso es complejo y las crisis son frecuentes. Las crisis ayudan a madurar en el amor (AL, n° 231 y 232), sin embargo, no todos logran superarlas. Y Francisco reconoce que hay casos donde la separación de los cónyuges es inevitable y a veces puede ser incluso moralmente necesaria para proteger la integridad de algunos miembros de la familia (AL, nº 241).
De ahí que llama a los pastores -a todos nosotros-, a acompañar la vida de los diversos tipos de familias al modo de Jesús quien, a la vez que propone caminos de maduración hacia un amor más pleno, nunca pierde la cercanía con los frágiles y los que sufren (AL, nº 38 y 246), atendiendo a todos, con ternura y misericordia (AL, nº 296), fijando su mirada en cada uno y preguntando “¿Qué quieres que haga por ti?”(Mc 10,51) (AL, nº 323).

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