Obispos belgas darán la comunión a los divorciados vueltos a casar

Carta pastoral de Obispos de Bélgica

A todos los presbíteros, diáconos, animadores y animadoras pastorales

Queridos amigos

Siguiendo la invitación del papa Francisco, dos sínodos sobre el matrimonio y la familia se han celebrado en Roma, en 2014 y 2015. Los precedió una amplia consulta con el propósito de tener una visión más clara sobre los múltiples asuntos y desafíos que se plantean en este dominio y aquello en los diferentes partes de la Iglesia universal. Luego de estos dos sínodos, el papa Francisco a reelaborado el conjunto de los datos en su exhortación apostólica Amoris Laetitia. Es a propósito de esta exhortación que les dirigimos la presente carta.

Amoris Laetitia es un escrito particularmente inspirador e interpelante por poner de relieve algunos desafíos. El papa Francisco, con una gran capacidad de compromiso, habla del matrimonio y de la familia, de la paternidad y de la educación, de la felicidad y de la fragilidad y, sobre todo, del amor. El cuarto capítulo es particularmente hermoso. No es por nada que solicitamos reeditar ese capítulo de manera separada. Bajo la ayuda de aquello que llamamos «el himno a la caridad» de San Pablo (1 Cor 13), el papa Francisco se explaya muy concretamente sobre el amor en la familia. De esta forma, él establece la base de toda la pastoral familiar.

Amoris Laetitia explica por qué el matrimonio y la familia son invaluables y por qué la Iglesia le ha conferido tanta importancia. El matrimonio no es solamente «una convención social, un rito vacío ni el simple signo exterior de un compromiso» (AL 72). Es un sacramento: un signo visible -por muy imperfecto que sea- del amor y de la fidelidad de Dios. Además, según el pensamiento de Pablo, es un signo del lazo de amor entre Cristo y su Iglesia. La familia es el primer lugar donde los humanos aprenden aquello en que consiste vivir y sobre todo aquello que es vivir en conjunto. Por ello que el matrimonio y la familia son tan importantes para la vida en sociedad. Pertenece a nuestra misión el redescubrimiento del valor del matrimonio y de apoyar realmente a las personas casadas.

La alegría del amor: eso es lo que básicamente propone el papa Francisco en su exhortación. Como el Evangelio mismo, Palabra de Dios, que es la fuente de gran alegría. Este fue, por lo demás, el tema de su primera exhortación: la alegría del Evangelio [Evangelii Gaudium]. Desde el primer capítulo, el papa Francisco dejó claro que comprende el matrimonio y la familia a la luz del Evangelio:

«Nuestra enseñanza sobre el matrimonio y la familia no puede dejar de inspirarse y transfigurarse a la luz de este mensaje de amor y ternura, no puede convertirse en defensa de una doctrina fría y sin vida» (AL 59). Precisamente, cuando se considera desde el punto de vista de Cristo, se hace evidente que el vínculo indisoluble entre el hombre y la mujer «no debe entenderse principalmente como un “yugo” impuesto a los hombres, sino más bien como un “don” dado a las personas unidas por el matrimonio»(AL 62). Naturalmente, el matrimonio es un compromiso en el que ambas partes se comprometen plenamente. Pero por el sacramento, los cónyuges se ofrecen el uno al otro. Por lo tanto, el amor es un don y una gracia del cual Dios mismo quiere ser el garante.

¿Cómo las ideas y el impulso de Amoris Laetitia pueden ser fecundos para la Iglesia en nuestro país? Esta es la pregunta que como obispos nos hacemos. Esta es la razón por la cual nos dirigimos con esta carta a todos aquellos que ejercen una responsabilidad pastoral en nuestra comunidad de Iglesia y, en particular, a los responsables de la pastoral familiar. La atención al matrimonio y a la familia forma, en efecto, parte de nuestra preocupación pastoral en general, más aún cuando la actitud pastoral que el papa Francisco adopta en este ámbito también es aplicable en todos los demás sectores de la pastoral. En primer lugar, pedimos que se lea la exhortación con atención, sin precipitaciones, sino «pacientemente», parte por parte» (AL 7), no sólo para llegar al intercambio de ideas sobre el tema, sino más que nada, para comprender lo que el texto significa aquí y ahora. También queremos ofrecer algunos puntos donde colocar la atención en vista del desarrollo de nuestra pastoral de la pareja y de la familia. Concretamente, se trata de la preparación para el matrimonio, del acompañamiento familiar y la actitud hacia las personas cuya relación se ha roto.

Preparación al matrimonio

El matrimonio es un compromiso particularmente hermoso, pero también particularmente exigente. Las parejas deben tomar clara conciencia del compromiso mutuo que se toma. Una buena preparación desde entonces es necesaria. «La compleja realidad social y los desafíos que la familia está llamada a afrontar hoy requieren un compromiso mayor de toda la comunidad cristiana en la preparación de los prometidos al matrimonio» (AL 206). Así como hoy no va de suyo el ser cristiano, tampoco va de suyo el casarse y a fortiori de casarse religiosamente. Cuando una pareja contemporánea quiere contraer matrimonio cristiano, nosotros debemos acogerla con reconocimiento y alegría. Es, por lo demás, la primera frase de Amoris Laetitia, que formula de manera bella y justa que: «La alegría del amor que se vive en las familias es también el júbilo de la Iglesia» (AL 1).

Recibir adecuadamente a las futuras parejas implica apreciarlas y acompañarlas, ayudarles a percibir correctamente y a discernir aquello que significa el matrimonio religioso. No solamente sus exigencias, sino también su belleza y la riqueza de sus promesas. Así como existe un catecumenado para preparar al bautismo a aquellos que quieren ser cristianos, nosotros necesitamos hoy un «catecumenado de matrimonio» que sea un camino de profundización de fe para quienes quieren prepararse para el matrimonio cristiano. Todos las futuras parejas no tienen una relación muy estrecha con la comunidad cristiana. Todos no requerirán una preparación así de intensa. No debemos colocar la vara más alta de lo necesario. Debemos, de todas maneras, advertir de una aproximación demasiado minimalista. Una preparación sólida e intensa es hoy verdaderamente necesaria. Apreciamos muchísimo que muchas personas se impliquen con este horizonte y reconocemos claramente su trabajo.

Esta preparación no puede realizarse en todos los lugares de la misma manera. Cada diócesis o vicariato pueden proporcionar ulteriores precisiones. En todo caso, nuestro deseo explícito es que a todos aquellos que soliciten un matrimonio cristiano se les ofrezcan al menos tres momentos de formación.

Durante estos tres encuentros, deberían ser tratados los siguientes tres temas: (1) Qué significa ser cristiano hoy; (2) Qué significa un matrimonio y un hogar cristiano; (3) la preparación litúrgica del matrimonio.

La intención es que para estos encuentros haya disponibilidad de buenos acompañantes y que los participantes puedan entrar en diálogo con otras parejas que se preparan al un matrimonio cristiano. También es importante que ellos se encuentren con esposos que dan testimonio de un camino recorrido. Estamos convencidos que estos tres momentos de formación constituyen lo mínimo que puede y debe pedirse a los futuros esposos. Nosotros insistimos, no obstante, que cuando sea quiera y sea posible, no se limite a este mínimo de encuentros y que se enriquezca de iniciativas o de encuentros complementarios. Se debe tener bien en cuenta que ser cristiano y casarse religiosamente ya no es una obviedad en nuestra sociedad de hoy. Como nosotros lo hemos ya dicho, la preparación al matrimonio en nuestra época debe recibir cada vez más características de un «catecumenado de matrimonio» como camino de profundización en la fe

Acompañamiento de parejas y de familias
Los cristianos que se han casado y han fundado una familia viven con frecuencia en la dispersión. En el seno de nuestra sociedad multiforme, nosotros podemos juntarlos y colocarlos en contacto entre ellos a fin que sean un apoyo mutuo. En efecto, cada vez son más las familias en las cuales los dos compañeros no son ambos creyentes o cristianos. Aquello no es en absoluto un obstáculo para su compromiso en el amor y la fidelidad. Incluso si ellos no se definen como familia cristiana, el encuentro y el acompañamiento es cada vez más deseable. En este documento no se colocan líneas generales, pero queremos animar todas las iniciativas en las cuales tanto parejas como familias pueden jugar un rol activo. Pensamos, por ejemplo, en eucaristías de familias a los cuales los padres, los abuelos, los niños y los nietos pueden tomar parte y valorar el lazo familiar. También es apropiado involucrarlos lo más posible en la preparación a los sacramentos de iniciación cristiana: bautismo, confirmación y eucaristía. Por otro lado, es importante abordar explícitamente el significado del matrimonio, no solamente en la pastoral matrimonial, sino en todos los dominios de la pastoral y del anuncio del evangelio. En particular, pensamos en la pastoral de jóvenes, en los cursos de religión, y en otros lugares donde los jóvenes buscan profundizar en su fe. Una familia cristiana es como una «iglesia doméstica», en la cual padres e hijos aprenden a dar forma al evangelio, a encarnarlo en la vida concreta de cada día. La atención recíproca de los esposos y la atención a sus hijos en el amor y la fidelidad, en la alegría y en la tristeza, en la enfermedad y en la buena salud tiene raíces profundas en el Evangelio. La búsqueda de una auténtica espiritualidad de matrimonio puede ayudar a muchos. El capítulo nueve de Amoris Laetitia menciona pistas concretas.

El matrimonio es particularmente bello y frágil a la vez. Cuando evocamos el acompañamiento de los esposos pensamos también en la ayuda y en el acompañamiento de parejas en dificultad. Es una gran responsabilidad, y también algo a lo cual prestar atención, que las comunidades locales apoyen y acompañen sinceramente a las parejas jóvenes, sobre todo cuando su relación experimenta una crisis. El papa Francisco llama la atención sobre «la situación de las familias sumidas en la miseria, castigadas de tantas maneras, donde los límites de la vida se viven de forma lacerante» (AL 49). Pensamos aquí al cuidado de los niños, de la pobreza, a los problemas habitacionales, a la cesantía y a la presión psicológica. Los responsables de la pastoral de familia, así como todo otro servicio e instancia eclesial, deben tener cuenta de tales situaciones. Algunas organizaciones de naturaleza más diaconal o social pueden ofrecer su ayuda y su apoyo. Pero serán además todos los presbíteros, diáconos y otros responsables pastorales que deben estar atentos a estas situaciones. Como pastores, nosotros no podemos ser extraños a la vida real de los creyentes. Debemos saber y resentir aquello que viven las parejas y familias. Con toda razón ellos esperan de nosotros que les escuchemos sinceramente, que tratemos de comprenderlo y que estemos siempre dispuestos a ayudarlos y apoyarlos.

Nuestra actitud en relación a las personas cuyas relaciones se ha quebrado

Con las mejores intenciones del mundo y a pesar de las preparaciones, puede suceder que el matrimonio no se sostenga. Siempre es una gran pena para todas las personas implicadas: no solamente los esposos, sino también sus familias y sobre todo sus hijos. También en estas situaciones, nuestra misión es, y así se mantiene, sostener a las personas, acompañarlas y permanecer a su lado. Valoramos las numerosas iniciativas que ya se han adoptado en diversas diócesis. Queremos responder aquí más extensamente a una cuestión particular, más precisamente a la cuestión y al deseo de las personas divorciadas y vueltas a casar de poder recibir la comunión durante la eucaristía. Desde los tiempos apostólicos, recibir la eucaristía ha sido percibido como un asunto serio. De esta manera lo destaca Pablo en su primera carta a los corintios: «aquel que come el pan o beba la copa del Señor de manera indigna, se tornará culpable hacia el cuerpo y la sangre del Señor. Que cada uno se ponga a prueba a sí mismo, antes de comer el pan y beber de esta copa» (1 Cor 11,27-28). ¿Qué significa esto para las personas divorciadas vueltas a casar? En el capítulo VIII de Amoris Laetitia, el papa Francisco trata explícitamente este asunto.

La indisolubilidad del matrimonio pertenece al tesoro fundamental e irrevocable de la fe de la Iglesia. En Amoris Laetitia, el papa Francisco no deja ninguna sobra de duda sobre este asunto. Pero tampoco lo hace sobre el hecho de que todas las situaciones deberían abordarse de la misma manera, a saber que «hay que evitar los juicios que no toman en cuenta la complejidad de las diversas situaciones, y hay que estar atentos al modo en que las personas viven y sufren a causa de su condición» (AL 296). Los divorciados vueltos a casar son todavía parte de la Iglesia: «Nadie puede ser condenado para siempre, porque esa no es la lógica del Evangelio» (AL 297). Dios no les retira su amor, ellos siguen siendo llamados a amar a Dios de todo corazón y a amar a sus prójimos como a ellos mismos. Ellos siguen siendo enviados para testimoniar el Evangelio y a tomar seriamente su rol en la comunidad eclesial. «Ellos no sólo no tienen que sentirse excomulgados, sino que pueden vivir y madurar como miembros vivos de la Iglesia, sintiéndola como una madre que les acoge siempre, los cuida con afecto y los anima en el camino de la vida y del Evangelio» (AL 299).

El «discernimiento» es el concepto central en por el cual el papa Francisco se aproxima a esta problemática. «La Iglesia posee una sólida reflexión acerca de los condicionamientos y circunstancias atenuantes. Por eso, ya no es posible decir que todos los que se encuentran en alguna situación así llamada «irregular» viven en una situación de pecado mortal, privados de la gracia santificante» (AL 301). Amoris Laetitia no formula ninguna directiva general, pero exige el discernimiento necesario. Ocurre que alguno que no ha cometido falta alguna ha sido abandonado por su cónyuge. Pero también ocurre que una falta grave se haya cometido. En todo caso, sigue siendo verdadero que sean cuales fueren las circunstancias que condujeron al divorcio, el nuevo matrimonio civil está en oposición a la promesa del primer matrimonio cristiano. Por lo tanto, el papa escribe: «si se tiene en cuenta la innumerable diversidad de situaciones concretas […] puede comprenderse que no debía esperarse del sínodo o de esta exhortación una nueva normativa general de tipo canónica, aplicable a todos los casos. Sólo cabe un nuevo aliento a un responsable discernimiento personal y pastoral de los casos particulares» (AL 300). No se puede, por tanto, decretar que todos los divorciados vueltos a casar pueden ser admitidos a la comunión. Pero tampoco se puede decretar que sean todos excluidos de ella. El itinerario de cada persona exige el discernimiento necesario en vistas de una decisión pastoral hecha en conciencia.

Toda nuestra pastoral debe estar orientada hacia el acompañamiento, el discernimiento y la integración. Estos son los tres conceptos de base que son como un estribillo con el cual el papa Francisco impregna nuestro corazón. La línea directiva es aquella de un discernimiento (‘discretio’) personal y de la comunidad. El papa llama a los divorciados vueltos a casar a un «un examen de conciencia, a través de momentos de reflexión y arrepentimiento» (AL 300). En este camino de discernimiento, ellos deben poder contar con una ayuda y a un acompañamiento pastoral, más precisamente con un diálogo con un presbítero, un diácono u otro agente pastoral. También nosotros, como obispos, queremos estar listos para ayudar. Amoris Laetitia abre muy claramente una puerta a los divorciados vueltos a casar para que ellos puedan recibir «la ayuda de los sacramentos» (Ver AL 305, nota 351). Pero esta decisión, ellos no pueden -al igual que los otros creyentes- no la pueden tomar a la ligera. El Papa anticipa algunos criterios: «Los divorciados vueltos a casar deberían preguntarse cómo se han comportado con sus hijos cuando la unión conyugal entró en crisis; si hubo intentos de reconciliación; cómo es la situación del cónyuge abandonado; qué consecuencias tiene la nueva relación sobre el resto de la familia y la comunidad de los fieles; qué ejemplo ofrece esa relación a los jóvenes que deben prepararse al matrimonio. Una reflexión sincera puede fortalecer la confianza en la misericordia de Dios, que no es negada a nadie»(AL 300). Es asombroso ver el peso que el papa Francisco reconoce a la decisión tomada en plena conciencia por los creyentes. A propósito de esto, él indica que como obispos «También nos cuesta dejar espacio a la conciencia de los fieles, que muchas veces responden lo mejor posible al Evangelio en medio de sus límites y pueden desarrollar su propio discernimiento ante situaciones donde se rompen todos los esquemas. Estamos llamados a formar las conciencias, pero no a pretender sustituirlas» (AL 37). Puede ocurrir que alguno puede decidir no recibir la Eucaristía. Tenemos el más grande respeto por tal decisión. Puede ocurrir que alguno decide en conciencia de sí recibir la Eucaristía. Esta decisión también merita respeto. Entre el laxismo y el rigorismo, el papa Francisco escoge la vía del discernimiento personal y el de una decisión tomada cuidadosamente y en conciencia.

Como obispos de nuestro país, queremos expresar nuestra gran apreciación y nuestro reconocimiento por Amoris Laetitia y por el camino que nos indica el papa Francisco. En Evangelii Gaudium, él nos urgía: «sin disminuir el valor del ideal evangélico, hay que acompañar con misericordia y paciencia las etapas posibles de crecimiento de las personas que se van construyendo día a día» (EG 44, [que cita Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Familiaris consortio (22 noviembre 1981)]). Refiriéndose a este texto, él escribe ahora: «Comprendo a quienes prefieren una pastoral más rígida que no dé lugar a confusión alguna. Pero creo sinceramente que Jesucristo quiere una Iglesia atenta al bien que el Espíritu derrama en medio de la fragilidad: una Madre que, al mismo tiempo que expresa claramente su enseñanza objetiva, «no renuncia al bien posible, aunque corra el riesgo de mancharse con el barro del camino» (Al 308). Queridos amigos, Es con estas palabras del papa Francisco que nosotros queremos concluir nuestra carta. Es cierto que la situación de la Iglesia hoy no es confortable. Al mismo tiempo, no pocos desafíos se presentan. Muchas líneas de alegría y de preocupación se entrecruzan. Muchas de las opiniones se hacen escuchar con fuerza. El papa Francisco nos indica un camino de esperanza y de confianza. No sólo para los asuntos relacionados con el matrimonio y la familia, pero también para cuestiones más amplias de nuestra presencia y nuestra misión de Iglesia en la sociedad y el mundo de estos tiempos. El Evangelio es fuente de alegría. Dar a conocer este Evangelio, compartirlo con los otros y ayudarse mutuamente para vivir en su espíritu, aquello no puede dar una alegría más grande. Esta alegría queremos deseársela a todos. Estamos muy agradecidos por vuestro compromiso y apoyo, y estamos unidos en la oración y la confianza en el Señor.

Traducción de Carolina del Río; Mike van Treek y Fernando Verdugo.

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