Amoris Laetitia: La exhortación al reconocimiento

Entre todas las vueltas que di para escribir este pequeño artículo, se cruzó en mi escritorio esta vieja foto que recorté de un diario el año 2001. Ahí una niña salta alegre sobre una línea de adoquines. La belleza de la foto, no es sólo la niña y su gozo al saltar, sino además el significado de esa línea de adoquines; pues por esa línea exacta pasó, hasta el año 1989, el muro de Berlín. De hecho, la foto fue publicada por este diario, para conmemorar los 40 años de su construcción.Caridad (foto salto)

La alegría de la foto es que ese muro ya no está, y que una niña en todo el albor de su infancia, puede pasar de un lado a otro de un solo salto.

Esa línea divisoria que tanto dolor trajo a la herida Alemania de la post guerra, la línea que fue razón y testigo de tantas muertes, de tantas familias ridículamente separadas: Berlín Oriental, Berlín Occidental… ya no está.

Ese muro que se transformó en una línea de adoquines, nos recuerda de la crueldad y absurdo del que somos capaces y también nos recuerda que ese muro siempre tiene la posibilidad de mutar en línea.

La belleza de la foto es la belleza del Jesús resucitado, que muestra las cicatrices a unos incrédulos discípulos; y la incredulidad se transforma en alegría, profunda alegría por la certeza que con la muerte de Jesús, ya no hay muerte que tenga la última palabra (“Y cuando les hubo dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor.” Jn. 20, 19-21).

Creo que Amoris Laetitia tiene la posibilidad de resumirse en esta foto. Puede ser para la historia de nuestra Iglesia, la posibilidad de sanar y cicatrizar las heridas de tantos y tantas que han quedado a un lado del muro excluidos, juzgados y solos. Tantos y tantas, madres, padres, esposos y separados, algunos vueltos a juntar, homosexuales y heterosexuales que han recibido de la Iglesia sólo exigencias, una más en el cerro de deberes domésticos de nuestras vidas de laicos. Como el Papa lo describe, los que han recibido de la Iglesia sólo un “ideal teológico”, lejano a las “posibilidades efectivas de las familias reales” (37). Los mismos que, haciendo caso al más profundo clamor de sus corazones, han optado por seguir el camino solos, no porque no busquen todos los días amar más y mejor, sino que justamente porque han sentido que la Iglesia se ha levantado como una dificultad más para ese amar. No han encontrado ahí misericordia, ni compañía, ni oídos, sólo sermones tan difíciles de encarnar. El Papa lo resume así: “Nos cuesta mucho dar lugar en la pastoral al amor incondicional de Dios. Ponemos tantas condiciones a la misericordia que la vaciamos de sentido concreto y de significación real” (311).

Esta Exhortación es una oportunidad para ir a buscar a esos que se han ido, a los que se han alejado, a los que se sintieron que no daban la talla, a lo que eligieron el otro lado del muro porque ahí, aunque solos, podían amar mejor. No es un hecho que así sea, pero esta Exhortación trae consigo una novedad, no para nuestro evangelio, pero sí para nuestra vieja y querida Iglesia. Y esta es la novedad del RECONOCIMIENTO; a lo largo de la Exhortación y desde su gestación, hay un intento constante por mirar cómo es que vivimos los laicos, contar cómo es que caminamos nuestra cotidianidad, con todas sus dificultades y sostenidos en nuestras fortalezas.

El primer RECONOCIMIENTO que hace el Papa Francisco es sobre la diversidad de familias que existen, en sus palabras: “A partir de las reflexiones sinodales no queda un estereotipo de la familia ideal, sino un interpelante «collage» formado por tantas realidades diferentes, colmadas de gozos, dramas y sueños”. (57). Hay un intento en esta Exhortación por mirar la realidad de las personas y encontrar ahí a Dios. Y no salir a buscarlo en realidades familiares perfectas que, por supuesto, no existen.

Con esto, el Papa Francisco invita a dejar la mirada que “mide” cuánto se ajusta la realidad a la doctrina, para empezar a afinar el ojo y poder ver cómo es que en cada realidad se encarna el Espíritu Santo. Este mal hábito de medir, tan espléndidamente actuado por los fariseos en todo el evangelio, ha quedado como una vieja espina clavada en lo profundo del corazón de nuestra Iglesia y también en el de todos nosotros. Parafraseando al Papa, la fidelidad a Dios no se puede asegurar por responder o no a una norma (304); nuestro vínculo con Él es mucho más complejo e íntimo y requiere de mucho más atención y cuidado para ser descubierto. “Doy gracias a Dios porque muchas familias, que están lejos de considerarse perfectas, viven en el amor, realizan su vocación y siguen adelante, aunque caigan muchas veces a lo largo del camino (57)”.

Y esto es una realidad que todos los laicos hemos experimentado. La vida familiar, sus miserias y glorias nos han hecho experimentar a Dios. Todos hemos sido testigos de cómo el Espíritu Santo se revela en nuestro cotidiano. Como Hijos de Dios, con más o menos dificultades, todos hacemos el intento constante de crecer en el amar. “Ninguna familia es una realidad celestial y confeccionada de una vez para siempre, sino que requiere una progresiva maduración de la capacidad de amar” (325).

Entonces lo que hace el Papa Francisco no es darle existencia a estas realidades, por supuesto que no; lo que hace el Papa es reconocerlas. Y creo que en este reconocimiento, hay una oportunidad para todos: Para la Iglesia, de acercarse con profundo respeto y devoción a la realidad de cada una de las personas que buscan ahí aliento. Es como la imagen de los pastores acercándose a conocer al Jesús recién nacido, en silencio, total expectación para ser digno testigo de un milagro. Para quienes se han sentido excluidos, al otro lado del muro, para sentir la mirada siempre cariñosa y misericordiosa de nuestro Creador. Y también para los que siempre se han sentido del lado correcto, para gozar con más libertad de su amor universal. Es una oportunidad para todos de comprender con profundidad y sencillez que, en la realidad de cada uno, Dios está presente, desde siempre. Una oportunidad para vivir con verdad y dignidad nuestra pequeñeces, nuestras fragilidades, con total certeza que es ahí donde nuestro Dios se hace nuestro Padre.

Y de la mano de esta primera buena noticia, viene la segunda: el reconocimiento de la centralidad que tienen nuestras CONSCIENCIAS en esta relación íntima con el Creador. No es novedad para nuestro Evangelio que así sea, la historia de Jesús es una historia de encuentros íntimos, una historia de vínculos en las que Jesús siempre hizo la invitación al amor y cuya única respuesta posible viene sólo desde la experiencia íntima de ese amor. Una y otra vez el Papa lo explicita a lo largo de la Exhortación: la conciencia es el lugar sagrado donde Dios se revela, y que busca y reconoce el camino al Padre, que cada uno puede recorrer.

Y nuevamente no es que el Papa le dé un sitio central a nuestras consciencias, por supuesto que no, éste se lo ha dado Dios, pero lo reconoce y llama expresamente a no buscar sustituirla (37). Es el reconocimiento de que todas las decisiones que hemos tomado cuando hemos sentido “arder el corazón” (Lc. 24, 32), son decisiones que han estado inspiradas por el voluntad del Padre en nuestras vidas.

Este reconocimiento nos da la oportunidad de reconciliarnos con aquellas decisiones que creímos nos ponían al otro lado del muro, y también la oportunidad de que los sacerdotes vuelvan a acercarse ahí con total devoción, sin un muro de por medio. Entonces, verbos como dirigir y juzgar dejan el espacio a nuevas conjugaciones como acompañar, alentar, orientar. No necesitamos doctores de la ley, sino sencillos pastores de ancho corazón, que por el hecho de saberse amados, pueden amar sin condición. Como describe bellamente Isabel Corpas de Posada: “Mirada de pastor que se deja tocar por la realidad, que sintoniza con la fragilidad, que dice palabras claras y con amor anuncia la buena noticia de la salvación” (Anunciar el evangelio de la familia hoy: propósito de Amoris Laetitia).

Creo que Amoris Laetitia puede ser como el salto de esa niña. Puede ser testimonio de que la vida vence, que podemos dejar de juzgar para empezar a acompañar, que podemos dejar de dirigir para empezar a alentar. Dejar de ser lo que para muchos ha sido una Iglesia que ofrece un ideal ininteligible e impracticable, para ser una iglesia orientadora, alentadora, una Iglesia ante todo misericordiosa. La oportunidad de ser para muchos un lugar donde sentirse acogidos, escuchados. Un lugar donde se puede pasar la pena, sin muchas más expectativas que la de acompañar en situaciones y momentos en que no hay nada que hacer, sino sólo acompañar.

La puerta quedó entreabierta, hay que pasar por ella para abrirla definitivamente. Los laicos debemos hacer ese trabajo. Hagamos carne las palabras del Papa Francisco. Hay trabajo por hacer: primero en el silencio de nuestras consciencias, a solas; luego reconocer y nombrar nuestras experiencias de Dios, reconocer que nos hace falta nuestra Iglesia, que las palabras de aliento y la compañía son siempre bienvenidas; y luego, salir a contarlo. Hay muchos y muchas anhelantes por dar el salto de esa niña.

CARIDAD MERINO

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