Papa Francisco: “El Sínodo no es un Parlamento ni un Senado”

José Manuel Vidal /5/octubre/15

Apertura de la primera congregación general del Sínodo, con el rezo de laudes y el canto del VeniCreatorSpiritus, acompañados por el coro de la Capilla Sixtina. Tras la intervención del cardenal Maradiaga, señalando que en el Sínodo no hay “dos bandos opuestos”, el Papa Francisco insite en esa misma idea y asegura que el Sínodo “no es un Parlamento ni un Senado” e invita a los padres sinodales a vivirlo con “parresía”, conscientes de que “el depósito de la fe no es un museo”.
En la presidencia, el Papa rodeado delos cardenales Baldisseri, Erdo, Tagle, Ving-Trois y dos arzobispos secretarios, Fabio Fabene y Bruno Forte.

Texto completo de la intervención del cardenal Maradiaga
“Por lo demás hermanos, alégrense, sean perfectos, anímense, tengan un mismo sentir, vivan en paz y el Dios de la caridad y de la paz estará con Ustedes” ( 2 Cor 13, 11).
Comenzamos este Sínodo con gran alegría. Es un camino empezado hace ya 2 años y nos llena de gozo encontrarnos de nuevo como hermanos, lo que acabamos de escuchar.
HERMANOS: que venimos de los 4 puntos cardinales convocados por Pedro movidos por el amor al Señor Jesús y a la Madre Iglesia. San Pablo nos ha invitado precisamente a la alegría. Esa alegría del Evangelio que el Papa Francisco proclama incansablemente por todo el mundo. Pero como él mismo nos ha dicho: “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. A veces nos entristece escuchar como el mundo ha enfocado este Sínodo pensando que venimos como 2 bandos opuestos a defender posiciones irreductibles. Por eso “Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”. Más difícil es la segunda recomendación.
SEAN PERFECTOS: Somos conscentes de nuestros defectos y límites, pero el Señor que nos llamó es perfecto y sabe sacar bienes incluso de lo que puede parecer un mal, puesto que es el Espíritu Santo quien en definitiva guía su Iglesia. Él sabrá inspirar nuestros pensamientos, palabras y acciones como decimos en la oración “agimus tibi gratias”. Luego se nos ha dicho:
ANIMENSE: No somos una Iglesia en vía de extinción ni mucho menos. La familia tampoco, aunque está amenazada y combatida. Tampoco venimos a llorar ni a lamentarnos por las dificultades. Ya el Salmo 26 nos dice: “Sé valiente, ten ánimo. Espera en el Señor” (Sal 26, 14).
TENGAN UN MISMO SENTIR: Todos buscamos la unanimidad que viene del diálogo, no de las ideas defendidas a ultranza. San Pablol nos recuerda: “Tengan los mismos sentimientos de Cristo” (Flp. 2, 5).
VIVAN EN PAZ: Y como nos dice Evangelii Gaudium (238) el diálogo es la contribución a la paz, porque la Iglesia proclama “el evangelio de la paz” (Ef. 6, 15). Al anunciar a Jesucristo, que es la paz en persona (Cf. Ef. 2, 14), la Madre Iglesia nos anima a ser instrumento de pacificación y testimonio creíble de una vida reconciliada (Propositio 14). Es hora de saber cómo diseñar en una cultura que privilegie el diálogo como forma de encuentro, la búsqueda de consensos y acuerdos. No necesitamos un proyecto de unos pocos para unos pocos, o una minoría ilustrada o testimonial que se apropie de un sentimiento colectivo.
POR ESO QUEREMOS COMENZAR EL SINODO EN PAZ. No es la paz del mundo, hecha de componendas y compromisos que tantas veces no se cumplen. Es la paz de Cristo, la paz con nosotros mismos.
Y la conclusión es evidente: “El Dios de la caridad y la paz estará con Ustedes” (II Cor 3, 11). Por eso podemos decirle: “Quédate con nosotros Señor” (Lc 24, 13). No precisamente porque el día está terminando, sino porque está comenzando.
Un nuevo día para las familias del mundo, creyentes o no creyentes, familias cansadas de las incertidumbres y dudas sembradas por diversas ideologías, como las de la deconstrucción, contradicciones culturales y sociales, fragilidad y soledad entre otras. Quédate con nosotros Señor para que este Sínodo produzca un camino de alegría y esperanza para todas las familias.

Texto del Papa

Queridos: Beatitudes, Eminencias, Excelencias, hermanos y hermanas,
La Iglesia retoma hoy el diálogo iniciado con la proclamación del Sínodo extraordinario sobre la familia, y ciertamente mucho antes, para evaluar y reflexionar juntos el texto de la InstrumentumLaboris, elaborado de la RelatioSynodi y de las respuestas de las Conferencias episcopales y de los organismos con derecho.
El Sínodo, como sabemos, es un caminar juntos con el espíritu de colegialidad y de sinodalidad, adoptando valientemente la parresia, el celo pastoral y doctrinal, la sabiduría, la franqueza y poniendo siempre delante de nuestros ojos el bien de la Iglesia, de las familias y la suprema lex: la Salusanimarum.
Quisiera recordar que el Sínodo no es un congreso, un parlatorio, no es un parlamento o un senado, donde nos ponemos de acuerdo. El Sínodo, en cambio, es una expresión eclesial, es decir la Iglesia que camina unida para leer la realidad con los ojos de la fe y con el corazón de Dios; es la Iglesia que se interroga sobre la fidelidad al depósito de la fe, que para ella no representa un museo para mirar y ni siquiera solo para salvaguardar, sino que es una fuente viva de la cual la Iglesia se sacia, para saciar e iluminar el depósito de la vida.
El Sínodo se mueve necesariamente en el seno de la Iglesia y dentro del santo pueblo de Dios, del cual nosotros formamos parte en calidad de pastores, es decir, servidores. El Sínodo, además, es un espacio protegido donde la Iglesia experimenta la acción del Espíritu Santo. En el Sínodo el Espíritu habla a través de la lengua de todas las personas que se dejan conducir por Dios que sorprende siempre, por el Dios que se revela a los pequeños, y se esconde a los sabios y los inteligentes; por el Dios que ha creado la ley y el sábado para el hombre y no viceversa; por el Dios que deja las 99 ovejas para buscar la única oveja perdida; por el Dios que es siempre más grande de nuestras lógicas y nuestros cálculos.
Recordamos que el Sínodo podrá ser un espacio de la acción del Espíritu Santo solo si nosotros, los participantes, nos revestimos de coraje apostólico, de humildad evangélica y de oración confiada: el coraje apostólico que no se deja asustar de frente a las seducciones del mundo, que tienden a apagar en el corazón de los hombres la luz de la verdad, sustituyéndola con pequeñas y pasajeras luces, y ni siquiera de frente al endurecimiento de algunos corazones, que a pesar de las buenas intenciones alejan a las personas de Dios; el coraje apostólico de llevar vida y no hacer de nuestra vida cristiana un museo de recuerdos; la humildad evangélica que sabe vaciarse de las propias convenciones y prejuicios para escuchar a los hermanos obispos y llenarse de Dios, humildad que lleva a apuntar el dedo no en contra de los otros, para juzgarlos, sino para tenderles la mano, para realzarlos sin sentirse nunca superiores a ellos.
La oración confiada es la acción del corazón cuando se abre a Dios, cuando se callan todos nuestros humores para escuchar la suave voz de Dios que habla en el silencio. Sin escuchar a Dios, todas nuestras palabras serán solamente palabras que no sacian y no sirven. Sin dejarse guiar por el Espíritu, todas nuestras decisiones serán solamente decoraciones que en lugar de exaltar el Evangelio lo recubren y lo esconden.
Queridos hermanos, como he dicho, el Sínodo no es un parlamento donde para alcanzar un consenso o un acuerdo común se recurre al negociado, al acuerdo o a los componendas, sino que el único método del Sínodo es aquel en el que se abre al Espíritu Santo con coraje apostólico, con humildad evangélica y con oración confiada, de modo que sea él quien nos guía, nos ilumina y nos hace poner delante de los ojos, con nuestras opiniones personales, pero con la fe en Dios, la fidelidad al magisterio, el bien de la Iglesia y la Salusanimarum.
Finalmente, quisiera agradecer de corazón a su Eminencia el cardenal Lorenzo Baldisseri, secretario general del Sínodo; su Excelencia monseñor Fabio Fabene, subsecretario; y con ellos agradezco el relator, su Eminencia el cardenal Peter Erdo y el secretario especial, su Excelencia monseñor Bruno Forte, los presidentes delegados, los escritores, los consultores, los traductores y todos aquellos que han trabajado con verdadera fidelidad y total dedicación a la Iglesia. ¡Gracias de corazón!
Agradezco igualmente a todos ustedes, queridos padres sinodales, delegados fraternos, auditores, auditoras y asesores, por su participación activa y fructuosa.
Un especial agradecimiento quiero dirigir a los periodistas presentes en este momento y aquellos que lo siguen de lejos. Gracias por su apasionada participación y por su admirable atención.
Iniciamos nuestro camino invocando la ayuda del Espíritu Santo y la intercesión de la Sagrada Familia, Jesús, María y san José. Gracias.

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