Reconocimiento de uniones homosexuales en la Iglesia (Pablo Romero)

“ESTADOS DE PAZ” EN LA LUCHA POR EL RECONOCIMIENTO DE LAS UNIONES HOMOSEXUALES EN LA IGLESIA

Reflexiones a partir de Caminos del reconocimiento de Paul Ricoeur

Pablo Romero Buccicardi

En la Iglesia y en todo grupo humano podemos encontrarnos con tres reacciones frente a las uniones homosexuales: el rechazo; la misericordia; y el reconocimiento de su derecho y de su valor. En otro trabajo hemos presentado estos tres tipos de respuestas preguntándonos en qué medida el magisterio eclesial puede y debe dar nuevos pasos desde el persistente rechazo a lo que llama el “acto homosexual”. Ahora queremos ahondar en qué significa el reconocimiento a la unión homosexual en la Iglesia: ¿Qué es lo que se busca al pedirlo? ¿Cómo se da esta búsqueda? Cuando se encuentra, ¿en qué consiste la experiencia?
Para esto nos dejamos inspirar por el francés Paul Ricoeur y, en particular, por una de sus últimas obras: Caminos del reconocimiento . En este “ensayo consagrado al reconocimiento” Ricoeur busca dar con un orden que dé sentido a los múltiples usos de este término en el plano filosófico. Y de paso, como veremos, irá mostrando la riqueza de una experiencia humana que llega incluso a desembocar en la máxima realización de las personas y las comunidades: lo que Ricoeur llama “estados de paz”.
Este trabajo lo dividimos desde ahora en dos partes: en la primera presentamos una reseña del estudio de Ricoeur; y en la segunda sacamos provecho de este de cara a una meditación sobre el reconocimiento de las uniones homosexuales en la Iglesia. Para esto último recojo experiencias contempladas y vividas estos últimos años como acompañante de personas y grupos homosexuales cristianos en Santiago de Chile y Madrid.

I. Caminos del reconocimiento de Paul Ricoeur

El objetivo de Ricoeur en su estudio, como hemos dicho, es ofrecer un discurso filosófico que articule los distintos usos del término “reconocimiento”. Para ello su primera mirada se dirigirá hacia los diccionarios lexicográficos. Allí encontrará diversas agrupaciones y secuencias que se podrían ordenar con un cierto sentido gramatical que va de los usos del verbo “reconocer” en su voz activa, a sus usos en su voz pasiva (“ser reconocido”). El paso que va de una a otra acepción lleva a campos semánticos distintos: en una el concepto clave es el de “identificación”; en la otra su uso se asocia a la “recompensa”, incluso, al fruto de la “gratitud”. La tarea del filósofo será descubrir la relación entre los distintos usos y su sentido más hondo.
En vistas de lo anterior dividirá su obra en tres estudios: “Reconocimiento como identificación”; “Reconocerse a sí mismo”; y “Reconocimiento mutuo”. La secuencia sigue también una cronología de “acontecimientos de pensamiento” que han marcado el uso del término en la filosofía y, más de fondo, una prioridad temática ejercida por la “identificación”. Este último término acompañará el recorrido hasta el final.

1) Los tres estudios sobre el reconocimiento

a) Reconocimiento como identificación

El recorrido parte en Descartes. Para este, el acto de juzgar es la capacidad de distinguir lo verdadero de lo falso. Y distinguir es “identificar” ese “algo” que es verdadero. ¿Cuál será el uso que se hará del término “reconocimiento”? Indistinto del conocimiento, porque es “del lado de las cosas y sus relaciones diferentes con el cambio (…) cómo el reconocer se distingue de modo decisivo del conocer hasta el punto que lo precede” (pág. 43). Y en Descartes, no importa ese “algo”, sino la claridad con que se le identifica. ¿Qué se rescatará entonces para este estudio? En primer lugar que “reconocer” es “identificar” y “ser reconocido” es “ser identificado”. O sea, ser reconocido en la propia identidad. Y en segundo lugar, su uso alude a un conocimiento “con tardanza”, después de una duda, pero que una vez obtenido resulta de una certeza inquebrantable para el espíritu. Lo reconocido es lo “admitido”. Este matiz, incluye un cierto protagonismo de aquello que se reconoce y una participación del espíritu que va más allá del mero juicio (pág. 48).
A continuación Ricoeur sigue con Kant, y juzgará su aporte como decepcionante. Para el alemán “reconocer” es “relacionar” y no cabrá por tanto ninguna autonomía del primero. El reconocimiento es una función particular del juicio que no tiene más virtud que mostrar la unidad de la conciencia del sujeto sobre el objeto. Aquí se está lejos de las “cosas mismas”: priman las estructuras internas del sujeto y su contacto con los fenómenos solo a través de sus representaciones.
Por lo anterior, para seguir la ruta del reconocimiento será necesaria la ruptura con la idea de “representación”. Esta se dará con la filosofía del ser-en-el-mundo. El sujeto se sitúa con posterioridad al mundo-de-la-vida, está “en situación” y, citando Husserl, “el mundo no es solo constituido, sino también constituyente” (pág. 70). Esto implicará que el reconocer se situará, ahora sí con fuerza, del lado de las “cosas mismas”. Ya no será la identificación de “algo” indeterminado, sino la identificación de “algo” después de un “cambio” como efecto del paso del tiempo. Esto tendrá especial relieve con la identificación de las personas: reconocer es identificar, en medio de lo irreconocible, ya a “alguien” por una seña, un parecido, que lo hace ser el mismo.

b) Reconocerse a sí mismo

Se llega así a la cuestión central de la identidad personal y el reconocimiento de sí mismo. Lo reconocido soy yo mismo en mis capacidades. ¿Cuáles? Partiendo por el mundo griego se analizará el “reconocimiento de la responsabilidad”. Los personajes homéricos se comportan como “centros de decisión” y se “reconocen responsables”, y esto, “por más abrumados que estén por el sentimiento del carácter irresistible de las fuerzas sobrenaturales que rigen los destinos humanos (…)” (pág. 88). Responsabilidad es decir “yo hice tal cosa”, y en particular: “yo lo decidí”. Esto tomará más claridad con Aristóteles y su discurso sobre la virtud de la prudencia como camino de la felicidad. La felicidad depende de la responsabilidad de la personas. Esto es lo “reconocido”.
En la modernidad aparece ya el sí mismo teorizado. Para Ricoeur esto implicará más que el surgimiento de nuevas temáticas, la novedad de la “conciencia reflexiva de sí misma implicada en este reconocimiento” (pág. 101). Ese “sí mismo” reflexivo, posibilitado por el giro cartesiano, es llamado “ipseidad”. ¿Cómo seguir el camino del reconocimiento? Yendo a esa ipseidad, a diferencia de Kant que la suprime en su filosofía práctica, y reflexionar como Aristóteles sobre las capacidades del hombre capaz: el “yo puedo”. Lo “reconocido” son estas “capacidades”. Estas son, en sintonía con Descartes, “tenidas por verdaderas”, “admitidas”.
¿Cuáles son estas capacidades que definen a la persona y que, por tanto, pedirán ser reconocidas? Primero, la capacidad de decir, que es capacidad de “hacer con las palabras”. En el decir la persona se muestra y además lo hace en “situaciones de interlocución en las que la reflexividad contemporiza con la alteridad” (pág. 107). Segundo, la capacidad de hacer que es “capacidad de hacer que ocurran cosas en el entorno”. Reconocerse aquí es decir: fui yo quien lo hizo. Tercero, capacidad de contar y poder contarse. Aquí la identidad personal toma forma de “identidad narrativa”, y hace que la ipseidad considerada en su condición histórica se distinga claramente de la identidad inmutable del idem. Cuarto, capacidad de ser imputables, en la línea de la responsabilidad griega. Quinto, capacidad de recordar y prometer. Mientras la primera mira al pasado, la segunda lo hace al futuro. La primera pone acento en la mismidad y la segunda pone acento en la ipseidad y se abre a la alteridad: siempre es promesa delante de otro y presupone todos los poderes anteriores.

c) El reconocimiento mutuo

En el tercer estudio Ricoeur se adentra en la relación entre la reflexividad y la alteridad llegando finalmente a la figura del “reconocimiento mutuo” o “recíproco”. Antes, al finalizar el segundo estudio, se había hecho el puente: las capacidades reconocidas necesitan del reconocimiento ajeno tanto para que la persona se haga consciente de ellas como para que se puedan realizar. Aquí se apoya en Amartya Sen quien pone acento en la dimensión positiva de la libertad: esta última es “capacidad de ser y hacer”. Por ello, la defensa de la libertad no se reduce a la protección contra el abuso ajeno y se podrá hablar de “derechos a ciertas capacidades de obrar” (pág. 151).
Pero, ¿por qué se requiere esta defensa? Para Ricoeur el reconocimiento mutuo está asociado a la inevitable disimetría entre el yo y el tú que hace que la “atestación” sea siempre un camino dialéctico que supera el mero juicio científico. Ni Husserl, avanzando desde el “yo”, ni Levinas, caminando desde el “otro”, lograrán, según Ricoeur, superar conclusivamente esa disimetría. El asunto es que “se hable del polo ego o del polo alter, siempre se trata de comparar incomparables, y de este modo, igualarlos” (pág. 170). Esto último es, esencialmente, la justicia.
La genealogía de este “reconocimiento mutuo” partirá con Hobbes. Para este último, no hay un “un motivo originariamente moral” en la base del vivir juntos. En el “origen” lo que hay es negación de reconocimiento y el “contrato social” se celebra como fruto: del miedo a la muerte violenta; del cálculo racional; y del egoísmo. “Reconocimiento mutuo” en Hobbes no irá más allá de su dimensión jurídica, por tanto. Y su reciprocidad es solo aparente porque “la finalidad sigue siendo la preservación del poder propio” (pág. 178). ¿Cómo se sale de esta noción? Considerando la dimensión de alteridad en la serie de conceptos que culminan en la idea de pacto.
El paso adelante lo dará Hegel. Aquí será justamente el “reconocimiento mutuo” (annerkennung) ese “motivo originariamente moral” del vivir juntos. Este garantiza el vínculo entre auto-reflexión y orientación hacia el otro. Además su dinámica comienza del “polo negativo”, de la experiencia del desprecio, de la injusticia, de la indignación. Y por último, obtiene su aspecto sistemático de su articulación en planos jerárquicos que corresponde a las instituciones específicas. Todo está atravesado por el “deseo de ser reconocido” que reemplaza a la muerte violenta como motivo originario. Su centralidad se basa en que el reconocimiento de sí de cada individuo es el resultado de la “gran dialéctica que articula, entre sí, negatividad e institucionalización” (pág. 183). El reconocimiento de sí depende del ser reconocido, por ello la sensibilidad al desprecio y la indignidad. En el reconocimiento mutuo la lucha será el modelo predominante.

2) Deteniéndonos en su reflexión final: Reconocimiento, estados de paz y gratitud

La última sección de su tercer estudio merece un tratamiento especial.
Todo parte de una inquietud señalada al final de la sección que la precedía: “La solicitud de reconocimiento afectivo, jurídico y social, por su estilo militante y conflictual, ¿no se reduce a una solicitud indefinida, figura de ‘mal infinito’?” En otras palabras, ¿no se trataría esta de una “lucha insaciable”, que iría formando una “conciencia desgraciada”, bajo las formas “de un sentimiento incurable de victimización o de una infatigable postulación de ideales inalcanzables”? (pág. 225). La inquietud es muy válida, pero ¿qué alternativa propone Ricoeur a esta idea de lucha? La de la consideración de la “experiencia efectiva” de lo que llama “estados de paz”. Por la excepcionalidad de estas experiencias, no es esperable que estas se planteen como un modelo de resolución de conflictos, y en ese sentido no reemplazan el lugar predominante de las luchas por el reconocimiento, pero sí estas se ofrecen como una “confirmación de que no es ilusoria la motivación moral de las luchas por el reconocimiento (…)” Y continúa bellamente: se trata de “treguas, de claros, se diría de ‘calveros’, en los que el sentido de la acción sale de las brumas de la duda con el sello de la acción que conviene” (pág. 226).
Pero, sino es solo por la justicia, ¿cómo se llega a estas experiencias pacificadas de reconocimiento mutuo? ¿Cuáles son sus ingredientes? Dos se nombran en las primeras líneas de su propuesta y serán decisivos: uno es el ágape, la donación unilateral que no espera un don a cambio y que rebasa o “suspende” la disputa por lo justo; y el otro, evidentemente, debe ser la mutualidad o reciprocidad de ello. Pero ¿cómo es posible que suceda todo esto? ¿Qué es lo que mueve a los donantes? ¿El ágape no pasa acaso de ser algo ilusorio o incluso una forma sutil (e hipócrita) del autointerés? Para ello Ricoeur fijará su mirada en los estudios sobre las prácticas del intercambio ceremonial de dones en las sociedades antiguas. Mientras para Marcel Mauss, en su clásico “Essai sur le don”, la solución del “enigma del don y del contra-don” reside en la fuerza de la cosa que se regala; y para Levi Strauss, la explicación reside en que lo que se ofrece objetualmente no es más que una forma encubierta de una búsqueda auto-interesada; para Ricoeur, la clave está en concentrarse en lo que está entre el “dar” y el “devolver”: el “recibir”. Y allí, en el “recibir”, se puede encontrar en las relaciones de intercambio de dones el elemento clave que los distingue de cualquier otra relación puramente comercial: la gratitud.
Se llega así a una de las acepciones de la palabra reconocimiento en la lengua francesa: reconocimiento como gratitud. Allí pareciera que la búsqueda de reconocimiento mutuo y del reconocimiento de sí mismo acaba y se encuentra la paz personal e interpersonal. En la experiencia de la gratitud, el que ha recibido algo, reconoce que más allá del objeto, hay otro que le está diciendo que él importa. Y el agradecido le hace saber qué él también es valioso. Se entra así, idealmente, en una cadena de donaciones y reconocimientos: el primer don ofrecido espera ser recibido como tal, como algo bello y bueno que nace de mí (de mi identidad) y que muestra una estima (de ti) antes que una simple devolución (“espero que te guste”); y así en las secuencias que siguen de don y contra-don. Como dice Ricoeur: “la gratitud aligera el peso de la obligación de devolver y orienta a esta hacia una generosidad igual a la que suscitó el don inicial (…) La gratitud (descompone) antes de recomponerla, la relación entre don y contra-don. De un lado coloca dar-recibir y, de otro, recibir-devolver” (pág. 249). La gratitud abre un espacio entre estos dos binomios: espacio de inexactitud respecto a la equivalencia justa y de bella trascendencia. Por ello la formalidad del intercambio de dones se asocia a la fiesta, como recuerda Ricoeur, a la celebración.

II. Pistas para el reconocimiento de la unión homosexual en la Iglesia

Ricoeur en su fenomenología de la experiencia del reconocimiento ofrece pistas luminosas para comprender de mejor forma, por un lado, qué es lo que experimenta la persona al reconocerse homosexual; por otro lado, qué es lo que se busca al pedir reconocimiento a la unión homosexual en la Iglesia; y, por último, cuál es la experiencia que de hecho han vivido personas y comunidades concretas cristianas que han vivido este reconocimiento de manera plena.

a) Reconocimiento de sí mismo: “Me reconozco como homosexual”

Es común que ante la pregunta a una persona homosexual sobre el momento preciso en que supo que lo era, la respuesta sea: “no lo sé, siempre lo he sabido… ¿tú sabes desde cuando eres heterosexual?… Solo en un momento determinado lo pude ‘reconocer’ y decírmelo a mí mismo”.
Recordábamos párrafos atrás cómo para Ricoeur el paso del “conocimiento” al “reconocimiento” se da “del lado de las cosas” y “sus relaciones diferentes con el cambio”. En particular, hay un “algo” que lo reconozco en su propia identidad, distinto de otra cosa, y que ahora se muestra con una nueva y especial claridad. Esta claridad se puede obtener después de una duda, pero una vez obtenida resulta de una “certeza inquebrantable”. Por ello se habla de la prioridad de “la cosa” y de la participación del espíritu en un reconocimiento que va más allá del mero juicio. ¿Qué es lo que ha sucedido para que se dé este reconocimiento? Probablemente será la irrupción de una nueva persona; de un nuevo discurso; de una nueva vivencia en la vida; de un cierto estado espiritual o vital nuevo, etc. El punto es que el saber no se da producto de un acercamiento científico sino de una atestación de que se es homosexual respecto a lo cual solo cabe o su aceptación o la lucha contra ella esperando su reversión.
Ricoeur también ayuda a comprender qué es lo reconocido en el caso de la homosexualidad. Ayudan para esto primero las descripciones del “reconocimiento de la responsabilidad”. Hay algo de lo cual la persona debe responder. Eso “atestado”, que no puede ser callado, clama por una cierta responsabilidad. Es la persona la que hace o siente tal cosa (“yo lo hice”; “yo siento”) y es la persona la conminada a decidir (“yo decido esto”). Interesante para esto último lo siguiente: múltiples relatos de personas homosexuales señalan que la orientación no ha sido una elección, pero sí lo ha sido el “asumirse” como tal y, sobre todo, el cómo vivirla: ¿se le da cauce a estos deseos con relaciones o uniones homosexuales? ¿Se “sale del armario” o se mantiene la orientación oculta? Hay una manifestación que exige reconocer una responsabilidad.
Ahora bien, hay un reconocimiento aún más decisivo en esta última línea y dice relación con cómo se comprende el vínculo entre la homosexualidad con la propia identidad. Aquí surgen básicamente dos tipos de reacciones. Lo manifestado puede ser vivido como algo externo, un accidente, un añadido; o, por el contrario, como parte importante de la propia identidad. Buena parte del discurso magisterial ha intentado posicionar a la homosexualidad como lo primero. Así, se quita gravedad al hablar de ella como una “desviación”, una “enfermedad” o una “cruz”: todas cosas que se entienden como un añadido a la persona y que, por lo mismo, se podría eventualmente rechazar y decir a la vez, con cierta comodidad, que se acepta y se acoge a la persona. La apuesta es que pueden ser separables las dos cosas. Esto contradice la vivencia de muchos. La orientación sexual no es cualquier cosa: ella refiere a todo un modo de sentir que marca la vida muy desde dentro. Ella se vincula a deseos muy básicos de toda persona humana como el deseo de vida en pareja y familiar, el deseo de ser sostenido físicamente y sostener, de caminar con otros. Deseos de comunión física y vital.
Por último, un tercer nivel de reconocimiento tiene que ver con la cualificación valórica que se le da a la homosexualidad. Aquí la variedad de valoraciones llega a los dos extremos posibles: de un gran “mal que se padece” a la percepción de un “gran bien”. En ello son preciosas las conversiones en estas valoraciones hacia la experiencia del bien ya que van de la mano, entre otras cosas, de una apertura a una nueva relación con Dios. Si en algún momento la vivencia de la homosexualidad se vivió como una maldición o un fallo en la naturaleza que es rechazado por Él, la vivencia puede cambiar completamente hasta tener la experiencia de la gratitud por el don de la homosexualidad y una confianza muy grande en el amor de Dios. Tan fuerte puede llegar a manifestarse este amor que hace que aun en medio de contextos eclesiales hostiles, la persona tenga fuerzas para seguir en la comunidad cristiana y busque aún más su transformación deseando también compartir aquellas capacidades reconocidas (en lenguaje de Ricoeur).
De cualquier forma, todo este reconocimiento de la homosexualidad como reconocimiento de sí mismo está en diálogo con el reconocimiento que otros harán de la persona y su homosexualidad. Este es otro punto importante que rescata Ricoeur en sintonía con Hegel: el camino del reconocimiento de sí mismo, de la propia identidad, se da en diálogo con el reconocimiento social. La plenitud del reconocimiento de sí mismo no se da aisladamente: se necesita de otros… se depende de otros. Por ello la importancia del reconocimiento mutuo.

b) La lucha por el reconocimiento: “soy el mismo de siempre”…“respétame”

Las “salidas del armario”, la comunicación a otros de la propia orientación homosexual, suelen ser relatados como momentos de una gran tensión, especialmente para aquellas personas (la inmensa mayoría) que viven en ambientes donde ella es percibida como un mal (sea del tipo que sea). Y en particular la tensión se vuelve única cuando la revelación se da a las personas de cuyo amor más se depende: en primerísimo lugar suele ser la familia; pero también amigos, alguna persona que se admira, los compañeros de trabajo, el jefe, etc. En cada una de estas revelaciones se pueden estar jugando cosas distintas: un trabajo; la hospitalidad del hogar; el respeto físico o moral. Pero en último término lo que más suele importar es una cosa: la estima.
Hay relatos de “salidas del armario” donde los que escuchan se muestran en shock: primero por la perspectiva de lo que puede venir, pero sobre todo, por una cierta experiencia de estar ante una persona que “no reconozco”. Es verdad que muchas veces se puede intuir la orientación sexual de otra persona, pero no es suficiente. Y para muchos el desconcierto tiene que ver con que la persona que creí tener en frente era otra y que pone en jaque lo que se cree como algo querible. Buena parte del esfuerzo del gay, de la lesbiana, por lo mismo, luego de contar “su verdad”, pasa por luchar por la conquista de un reconocimiento muy básico: el que el otro lo vea/o estime como “el mismo de siempre”. Se trata de luchar expresando que “ese que tú has querido”, “ese que tú has valorado”, ese que “a la vez te tiene estima/amor”, ese “siempre ha sido homosexual”, no se trata de otro, aunque teme que ahora se le rechace. Se teme que se le des-conozca: “tú no eres mi hijo/hermano/amigo” .
Esta lucha relatada anteriormente, lucha de largo aliento, convive normalmente, como dijimos, con otras luchas más inmediatas pero también muy básicas: la del respeto a la integridad física y moral; la del respecto a la posición laboral alcanzada; incluso en buena parte de los países, la del respeto a la libertad. En un nivel social y político de hecho, aunque siempre estará en la base una pretensión de estima social, el reconocimiento mutuo, como señala Ricoeur, toma forma institucional en derechos resguardados para toda persona homosexual: derechos a no ser mal-tratados; y derechos a ejercer la libertad justa.
Esta lucha por el reconocimiento mutuo a nivel institucional y con su correlato jurídico, aun cuando se pueda “celebrar” lo “conquistado”, tendrá normalmente el signo justamente del esfuerzo, de la resistencia, del empuje y el conflicto inevitable. La amenaza del maltrato y la coacción indebida siempre estará al acecho, más aún si la institucionalización de los derechos no va de la mano de una transformación cultural más honda. ¿Dónde acaba entonces la lucha por el reconocimiento de la homosexualidad? Como todo reconocimiento mutuo, siguiendo a Ricoeur, este no termina en el nivel jurídico. Menos en una comunidad como la Iglesia. Porque si de un Estado relativamente impersonal las personas esperan para sí ante todo “permiso” para actuar de tal modo u otro y que “defienda” su derecho a ser y hacer; de una comunidad de afectos, de fe, de historia, como es la Iglesia se espera (¡aunque no pueda ser totalmente exigido!) algo más: que lo que se ofrece como don, o nace como un don desde mí, sea tomado como don y disfrutado y celebrado como tal.

c) Experiencias del reconocimiento pleno en la Iglesia: gratitud, paz y celebración

¿Es toda esta búsqueda una “solicitud” indefinida, inalcanzable, agotadora? ¿No provoca esta un resentimiento crónico y una “conciencia desgraciada”? Ricoeur mismo pone esta pregunta pero también su respuesta: aunque la lucha siempre estará presente, en medio de ella surgen experiencias únicas, verdaderos “estados de paz”. Estas experiencias lo cambian todo. La lucha tiene un destino y aún más, en muchos casos, termina la historia en experiencias que sobrepasan lo esperado. Se trata de experiencias de trascendencia donde el otro irrumpe con el signo del ágape y la gratitud.
¿Cómo se viven estas experiencias en medio de la lucha por el reconocimiento de la unión homosexual en la Iglesia? Señalo cuatro posibles experiencias asociadas a “estados de paz” como los descritos por Ricoeur. Todas marcadas por el “recibimiento del don”, “la gratitud”, la “respuesta donativa que reconoce una estima”, y la celebración.
La primera está referida el “estado de paz” vivido al interior de una pareja homosexual que experimenta el amor mutuo. No es raro, en especial cuando sucede antes de “salir del armario”, que se dé aquí el primer reconocimiento pleno. Por primera vez experimentan que alguien los quiere por completos, con todo lo que son. Experimentan que su vida es celebrada por otro. Que para otro, su vida, tal como es, vale la pena que se viva. Más aún, esa vida es un gran don para la pareja. Muchas veces este “estado de paz” se da en medio de un contexto fuertemente hostil. La paz al interior de la pareja es una fuerza para luchar en medio de ese contexto y asumir la adversidad. Se trata además, de una experiencia que busca ser compartida y celebrada porque lo que sucede dentro trasciende lo esperado.
Una segunda experiencia que lleva a la paz dice relación con un tercero que descubre en la unión de una pareja homosexual una vivencia del amor humano. No es extraño que padres o amigos cambien su mirada respecto a la homosexualidad de su hijo(a) o amigo(a) cuando ven que al unirse con otra persona, este(a) no solo diga que está mejor, sino que ¡así se le ve! Obviamente esto no pasará con toda unión homosexual: como en las relaciones heterosexuales también pueden predominar dinámicas de poder y de mercado. Pero otras tantas experiencias son contempladas como un verdadero don para las personas y una manifestación real del amor que sirve a todos. Esta “confirmación” por parte de la “comunidad” de que ahí se ve amor, que esta se alegra con esa relación y la agradece, hace que la paz llegue entre ellos(as) y, eventualmente, reconstituya una comunión rota.
Otra experiencia de paz se da al interior de la comunidad eclesial cuando suceden tres cosas: el reconocimiento del daño hecho por el discurso magisterial y por muchas experiencias de daño pastoral; eventualmente la petición de perdón si se ha sido cómplice o protagonista del daño; y por último, la gratitud porque aún en medio de contextos hostiles, estas personas se quedaron en la Iglesia o han querido restablecer su relación con ella. Respecto a esto último, el “heroísmo” tampoco es exigible en términos eclesiales y la mayoría de los homosexuales han dejado la comunidad católica. Y probablemente fue lo mejor para varios de ellos. Pero hay unos que se han quedado en sus comunidades y han buscado su transformación. De ellos la comunidad puede aprender mucho.
Por último, Ricoeur pone atención en que la experiencia de la gratitud se refiere siempre a algo que desborda, que trasciende lo debido. De ahí que la manifestación más típica asociada al intercambio de dones sea el rito y la fiesta. En la comunidad cristiana la referencia última de la experiencia del amor es Dios. Por lo mismo, la “paz” llega también con el gesto preciso, muchas veces sin palabras. O con la “palabra densificada” que es el sacramento. Un “saludo de paz”, un “lavado de pies”, un “canto de alabanza”, una “bendición”, la “comunión”, son ocasión de que la paz llegue y se manifieste de tal forma que confirma que, como dice Ricoeur, “no es ilusoria la motivación moral de las luchas por el reconocimiento (…)”. Lo más anhelado en los seres humanos, tiene cabida en esta vida y aún más, la experiencia puede trascender lo esperado. Desde estas experiencias de gratitud la lucha deja de tener exclusivamente la marca de la herida. Junto a ella, también se llevará en el rostro y las palabras, la memoria agradecida de la experiencia del reconocimiento mutuo vivido y celebrado.

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2 respuestas a Reconocimiento de uniones homosexuales en la Iglesia (Pablo Romero)

  1. francisca martinez dijo:

    Por favor No quiero recibir correos de esta índole. Respetenme

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