Divorciados vueltos a casar, ¿en pecado? (J.P. Vesco)

imagesPara acabar con la noción de persistencia obstinada en un estado de pecado grave

Jean-Paul Vesco OP
Obispo de Orán, Argelia
Publicado en la revista La Vie 23.9.2014


De una entrevista con Marie-Lucile Kubacki. No se esperaría que jugara en este terreno. A Jean-Paul Vesco, anterior prior provincial de los dominicos de Francia, actual obispo de Orán, en Argelia, se espera verlo jugar en el campo del conocimiento interreligioso. Pero ejerció también el oficio de jurista durante varios años. Propone ahora un acercamiento teológico y jurídico al asunto de los divorciados vueltos a casar.

P/ ¿Por qué se decidió a entrar en el asunto de los divorciados vueltos a casar?

R/ Es una revuelta interior desde hace mucho ante al sufrimiento de muchísimas personas. Ellas no se reconocen en lo que dice la Iglesia de su estado de vida. Muchas se van, entonces, caminando de puntitas, ya no llevan a bautizar a sus hijos. Mi revuelta viene también de que esto no solo hace violencia a las personas, sino igualmente a los fundamentos de nuestra fe: la alianza, la misericordia de Dios, el sacramento de la reconciliación y el sacramento de la eucaristía. Estoy convencido de que es posible afirmar a la vez la indisolubilidad de todo amor conyugal real, el carácter único del matrimonio sacramental y la posibilidad de un perdón en el caso de un fracaso en lo que constituye una de las más bellas aventuras humanas y también de las más peligrosas: el matrimonio para toda la vida.

La indisolubilidad de una alianza verdadera entre dos personas fue confirmada por Cristo con fuerza y él mismo la vinculó con la creación del hombre y la mujer (Mt 19,4). Desde los tiempos apostólicos, esta afirmación ha ocupado un lugar especial en la doctrina de la Iglesia, más que en cualquier otra religión o tradición. Así, siguiendo a Pablo que asocia en el mismo misterio la alianza de los esposos y la de Cristo y la Iglesia (Ef 5:32), el matrimonio fue elevado siglos después al rango de sacramento. El matrimonio cristiano es un tesoro que debe ser protegido y valorado, sobre todo en momentos en que, en Francia y en otras partes de Europa, se abre la brecha entre el matrimonio sacramental cristiano y el matrimonio civil.

Sin embargo, si la alianza matrimonial entre dos personas es esencialmente indisoluble, no deja de ser una de las más bellas aventuras humanas y también una de las más peligrosas. Son muchas las parejas que se separan y se deshacen, muchas son también las personas que, después de una primera alianza concertada en conciencia y verdad, se hallan en el caso de realizar una segunda alianza también en conciencia y verdad. Son las parejas llamadas comúnmente “divorciadas vueltas a casar. Sabemos que esta designación genérica puede abarcar historias de vida únicas y diferentes, de suerte que difícilmente se puede designarlas con un solo vocablo y tratarlas de la misma manera.

En virtud del carácter indisoluble del primer vínculo sobre el cual admite no tener poder, el Magisterio de la Iglesia considera que el estado de vida de los “divorciados vueltos a casar” se asimila a una persistencia obstinada en un estado de pecado grave (adulterio), por lo cual se les niega el acceso al sacramento de la reconciliación y por ende a la comunión eucarística (código de derecho canónico 915). Esta noción de persistencia obstinada en un estado de pecado es la piedra de escándalo que distingue a los “divorciados vueltos a casar” del común de los pecadores que somos los demás, puesto que a ellos se les impide acceder al sacramento de la reconciliación. En efecto, el perdón sacramental no es posible sin la voluntad firme de renunciar al pecado. Ahora bien, solamente esta reconciliación sacramental después de una falta grave puede abrir el camino para el sacramento de la eucaristía.

Esta noción de persistencia obstinada en un estado de pecado grave no tiene, por supuesto, nada que ver con la vida de muchas de las parejas que ponen todo su corazón en (re)construir día tras día una vida conyugal verdadera y fructífera. Su vida no tiene nada que ver con el desorden y la doblez de una vida adúltera, que implica una relación simultánea con dos personas, lo cual no es en absoluto su caso.

Aun si están dispuestos a reconocer que su vida está marcada por una ruptura dolorosa y tal vez culpable del compromiso contraído el día de su boda, no se reconocen en una situación de adulterio tal como lo ve la Iglesia. De ahí que la posición del magisterio aparezca injusta, legalista en exceso, cerrada a la manifestación de la misericordia divina. Se sienten excluidos, peor aún se auto-excluyen de la Iglesia, y muchos llegan a perder el camino de la fe.

Sin embargo, parece que se puede apostar a la no contradicción entre, por un lado, la afirmación incondicional de la indisolubilidad intrínseca de todo amor verdadero y, por otro, el fracaso en el plano humano de este amor.

Para ello es necesario volver a las fuentes de la indisolubilidad y distinguir entre esta y el carácter único del matrimonio.

Volver a las raíces de la indisolubilidad del matrimonio sacramental

Para poder recibir el sacramento de la reconciliación, y por ende tener acceso a la comunión eucarística, las personas “divorciadas vueltas a casar” se encuentran frente a una decisión imposible: acabar con una unión matrimonial feliz de la cual han nacido tal vez hijos. Esta decisión es imposible no por falta de valentía o por falta de fe. Es imposible porque su decisión de comprometerse en una segunda alianza ha creado un segundo vínculo tan indisoluble como el primero.

En efecto, no es el sacramento del matrimonio lo que hace indisoluble la unión de dos personas que se entregan en plenitud mutuamente, es la indisolubilidad de todo amor humano verdadero lo que hace posible el sacramento del matrimonio.

El poder revolucionario de las palabras de Jesús sobre el matrimonio no viene del hecho de que él haya decretado la indisolubilidad de la unión real del hombre y la mujer. Viene del hecho de que Jesús la revela, la reconoce, desde los orígenes, en la profundidad de esa realidad humana que es la unión verdadera del hombre y de la mujer (“dejará el hombre a su padre ya su madre…” Mt 19,5s).

Hay en la alianza conyugal entre dos personas algo “definitivo” que es creado, algo que supera a esas dos personas, lo cual impide pensar que una nueva alianza después de un divorcio es una relación adúltera de la cual podrían liberarse mediante un simple acto de voluntad. El nacimiento de los hijos es el signo más evidente de que algo “definitivo” se ha dado.

Frente a esto definitivo creado por una segunda alianza la propia Iglesia no puede hacer nada, y ello en virtud del carácter ontológicamente indisoluble que ella misma reconoce a la alianza de dos personas que se entregan realmente una a otra. La Iglesia se topa con el mismo límite que impone, a su vez, a los “divorciados vueltos a casar” en lo que concierne a la primera unión que no puede ser disuelta. En efecto, no es posible defender, por un lado, la indisolubilidad del matrimonio sacramental apoyándose en una indisolubilidad ontológica que el sacramento vendría a revelar, fortalecer y trascender, y, por otro, considerar que una segunda unión, a menudo más sólida en el plano humano, pueda ser disuelta por efecto de un mero acto de voluntad. O bien, habría que resignarse a colocar el fundamento, lo esencial de la indisolubilidad, en la sola operación del sacramento. Lo cual, obviamente, no es el caso, puesto que la Iglesia reconoce el carácter indisoluble del matrimonio civil entre dos personas no bautizadas.

Distinguir entre la indisolubilidad y el carácter único del matrimonio

Reconocer el carácter indisoluble a una segunda unión después de un divorcio, y acoger así la experiencia humana vivida por muchas personas, supone no asociar con demasiada facilidad la indisolubilidad y el carácter único del matrimonio.

Las personas que han enviudado y deciden después de un tiempo volver a casarse, viven a menudo la experiencia perturbadora e inquietante de poder amar a dos personas con un amor diferente y a la vez total. Descubren que su segundo amor no ha disuelto el primero, el cual conserva su lugar y su valor únicos. Estas personas viven, de manera lícita a ojos de la Iglesia, la experiencia vivida de manera ilícita por las parejas “divorciadas vueltas a casar”. Es un hecho, nuestras relaciones amorosas verdaderas dejan una huella indisoluble, indeleble, en nuestras vidas. No se anulan unas a otras.

La carácter único, que es la vocación última de todo amor conyugal verdadero, imagen del amor de Cristo por su Iglesia, es significado por el sacramento del matrimonio, que no es repetible (excepto en caso de viudez o de anulación del primer matrimonio). Por el sacramento del cual son ministros, los cónyuges reconocen explícitamente la presencia del Señor en el corazón de su amor. Reconocen abiertamente que este amor es un don de Dios. Reconocen que su matrimonio es una vocación, una llamada a manifestar una forma particular del amor íntimo de Dios por cada una de sus criaturas. La indisolubilidad, por tanto, no agota por sí sola la totalidad del valor único del sacramento del matrimonio.

Puesto que las personas “divorciadas vueltas a casar” se encuentran con lo “definitivo” de la situación que han creado al comprometerse en una segunda unión conyugal verdadera, ¿significa esto que el acceso al sacramento de la reconciliación sería impensable? Esto equivaldría a considerar su segundo “sí” como una falta imperdonable, que es una situación con la cual la Iglesia, dispensadora de la misericordia divina, difícilmente puede conformarse.

Para superar este atolladero, el recurso a la distinción entre infracción instantánea e infracción continua en derecho penal es particularmente esclarecedor. Esta analogía permite establecer una distinción necesaria entre, por un lado, la decisión de comprometerse en una segunda unión y, por otro, las consecuencias objetivas y definitivas que implica esta decisión. Y sacar las conclusiones.

Distinción entre infracciones simples e infracciones continuas en derecho penal

En el derecho penal vigente en todos los sistemas de derecho tanto romano como anglosajón, la doctrina común hace una distinción fundamental entre las infracciones instantáneas y las infracciones continuas.

Las infracciones instantáneas son delitos, como el asesinato, cuya ejecución se lleva a cabo en un momento dado claramente identificable. El asesinato implica un efecto definitivo ante lo cual el asesino no puede hacer nada. Puede ser juzgado por la gravedad de su acto y puede, en todo caso, pedir perdón.

Al contrario, las infracciones continuas, como el robo con apropiación de lo robado (es decir, la retención del objeto robado) se extienden indefinidamente en el tiempo, y la infracción permanece mientras no se ponga fin voluntariamente la situación reprobable. El ladrón continúa la infracción, que se agrava con el tiempo, en tanto no devuelva el objeto robado. Y no puede pedir perdón mientras no haya devuelto el objeto a su propietario.

Esta distinción comporta efectos jurídicos importantes. Así, en particular en el caso de una infracción continua, no existe plazo de prescripción mientras no se haya puesto fin voluntariamente a la situación reprobable. Es importante señalar que el criterio para hacer la distinción es la voluntad: una infracción es continua porque una acción reprobable continúa en el tiempo como resultado de actos de voluntad constantemente reiterados y que uno podría, por tanto, suspenderlos en cualquier momento.

La pregunta es, entonces, si el hecho de haberse comprometido en una segunda unión conyugal es similar analógicamente a una infracción instantánea o a una infracción continua. ¿Es, como en el caso de robo, una infracción a la cual se puede poner fin en cualquier momento (terminar el segundo matrimonio)? ¿O bien, como en el caso de asesinato, sucede que el hecho de haberse comprometido en una segunda alianza crea algo definitivo que escapa a la voluntad de quienes la han contraído?

La posición actual del magisterio de la Iglesia, sin haber hecho explícitamente esta distinción, asimila una segunda alianza entre dos personas, de las cuales al menos una estaba casada sacramentalmente, a una infracción continua, es decir, una infracción que persiste en el tiempo debido a la manifestación reiterada de la voluntad de los cónyuges de persistir en una situación de falta grave. Parecería más apropiado clasificar el hecho de contraer una segunda alianza en la categoría de infracciones instantáneas cuyos efectos perduran en el tiempo.

En efecto, se trata claramente de una acción única de la voluntad que implica consecuencias permanentes, más aún, definitivas. Tenemos aquí, por una parte, un acto de voluntad, posiblemente culpable, que consiste en comprometerse en una nueva alianza. Y hay, por otra parte, todos los actos de voluntad que se realizarán día tras día por años, que son de la misma naturaleza que los actos realizados por todas las parejas que construyen un destino común y asumen unidas las dificultades. Estos actos de voluntad no se suman en absoluto al “sí” pronunciado un día ante un juez o en la intimidad de una relación. Estos actos son la consecuencia necesaria de ese “sí”. No pueden ser considerados como una persistencia obstinada en un estado de pecado, sino como la voluntad de vivir y tener éxito en una relación de alianza en la cual decidieron un día involucrarse, así haya sido por segunda vez, incluso de manera gravemente culpable. La diferencia entre estas dos clases de acto voluntario es esencial en vista de las consecuencias que implica.

Consecuencias de reconocer la segunda alianza como “infracción” instantánea y no continua

La distinción (sin separación) entre, por un lado, el acto singular de voluntad, que cristaliza en el tiempo en un “sí”, al comprometerse en una relación de alianza conyugal y, por otro, los actos cotidianos de voluntad a fin de que esa alianza florezca y dé frutos (hijos, tal vez, pero no solo) implica al menos tres consecuencias positivas:

1 ) Permite pronunciar una palabra de verdad, y por tanto eventualmente de reconciliación sacramental, acerca de una acción pasada que tiene consecuencias en el presente y en el futuro.

En efecto, si se considera, como en la situación actual, que del mismo acto de voluntad proviene el comprometerse en una nueva alianza y el permanecer en ella (infracción continua), no se puede, entonces, pronunciar una palabra de verdad y de reconciliación sacramental sobre esta situación en tanto estas personas no renuncien a su segunda alianza. Ahora bien, esto es imposible, si la segunda alianza es una alianza conyugal verdadera, que podía ser coronada por el sacramento del matrimonio, si no hubiese el impedimento dirimente de un primer matrimonio sacramental válido.

En cambio, si se hace la distinción entre, por una lado, la decisión fundante de la alianza conyugal (el “sí”) y, por otro, la situación permanente que resulta de ello, la Iglesia en tal caso podría pronunciar una palabra de verdad y posiblemente de reconciliación sobre los actos que llevaron a la ruptura de la primera alianza. Podría también hacer honor plenamente a su vocación pastoral de iluminar, guiar, juzgar y reconciliar sacramentalmente. Un pastor no puede abandonar a sus ovejas en una situación imposible. O bien, esto significaría que se resigna a correr el riesgo de que la oveja se pierda.

Esta distinción permitiría también a las personas concernidas poder, tal vez como parte de un camino de acompañamiento espiritual, tener una mirada serena sobre las acciones del pasado que pudieron haber contribuido a la ruptura de la alianza. Esta mirada sobre su pasado sería tanto más factible cuanto que una vida cristiana en la Iglesia, alimentada por los sacramentos de la reconciliación y de la eucaristía, sería previsible.

Pensar que es imposible pronunciar una palabra sacramental de perdón en favor de una persona que es plenamente consciente de sus faltas, pero que se hace cargo de lo definitivo de su situación, viene a ser de hecho un reconocimiento de que la ruptura de la alianza sacramental es una falta imperdonable. Vale más decir esto que esconderse detrás de la ficción de una vuelta atrás que es imposible.

En este sentido, la analogía con el asesinato señalada anteriormente es provocativa pero esclarecedora. Un asesino arrepentido puede ser reconciliado sacramentalmente. Sin embargo, su acto comporta igualmente consecuencias irreparables y permanentes, que se extienden en el tiempo en el corazón de los familiares de la víctima. Pero el asesinato es tratado con toda razón como una infracción instantánea porque es imposible dar marcha atrás. El asesino puede beneficiarse de un perdón que le es negado a una persona comprometida en una segunda alianza, la cual se asimila tácitamente a una infracción continua. Pero si se admite que una segunda alianza crea una situación de vida definitiva igual que un asesinato crea una situación de muerte definitiva, resulta difícil ver por qué a uno se le concede una reconciliación sacramental y a otro se le niega.

2º) Permite también distinguir entre diferentes situaciones personales y evitar hablar de manera insatisfactoria de “divorciados vueltos a casar”.

El hecho de atenerse a considerar por sí misma, y en su carácter irreversible, la decisión fundadora, el “sí” de la segunda alianza, permite salir de la confusión del grupo de “divorciados vueltos a casar”. Cada persona tiene una historia singular que requiere un discernimiento y una búsqueda de verdad particulares. Haberse separado por otra persona y tratar de “reconstruir la propia vida” después de un luto doloroso es muy diferente de romper una alianza e irse con una de las partes. Lo cual permite asimismo no incluir fácilmente en una misma “solidaridad en el pecado” a una persona que nunca ha estado casada y que se casa con otra divorciada, sin haber tenido ninguna responsabilidad en la ruptura de la primera unión. La alianza verdadera entre dos personas obtiene su grandeza de su fragilidad, y son innumerables las causas de ruptura, sobre lo cual no hace falta extenderse.

3º) Finalmente, esto permite no reducir el problema de la indisolubilidad a que hay un nuevo matrimonio, sino hacerse cargo de la ruptura misma.

Según la posición actual del magisterio de la Iglesia, el nuevo matrimonio es lo que plantea el verdadero problema, no la ruptura de la primera alianza. Así, cuando trata de los “divorciados que no se vuelven a casar”, la encíclica Familiaris Consortio muestra una gran comprensión acerca de las posibles causas de la ruptura de una alianza:

“Por motivos diversos, como incomprensiones recíprocas, incapacidad de abrirse a las relaciones interpersonales, etc., pueden conducir dolorosamente a una ruptura, a menudo irreparable, de un matrimonio válido. Obviamente, la separación debe considerarse como un remedio extremo, después de que cualquier intento razonable haya sido inútil”. (FC 83)

Tenemos aquí un reconocimiento explícito de la posibilidad objetiva de una ruptura irreparable del vínculo de alianza, pero esta no es reprobable, si se justifica por la imposibilidad objetiva de mantener una vida en común.

Una focalización excesiva en la segunda alianza puede soslayar el hecho de que la ofensa fundamental, en el plano humano y espiritual, ocurre ante todo en el momento de romper el primer vínculo. Dar la impresión de que se puede exonerar a un cónyuge de su responsabilidad en la ruptura por el solo motivo de no haberse involucrado en una nueva relación de alianza, conlleva el riesgo de no ser capaz de hacer la verdad acerca de un acto que puede requerir arrepentimiento, petición de perdón a su cónyuge y aun de reconciliación sacramental.

En este caso también la analogía con la distinción entre infracción instantánea e infracción continua es pertinente. En efecto, cuando existe una segunda alianza verdadera, contraída después de la ruptura del primer vínculo, nos encontramos, a nuestro juicio, por analogía como en el caso de una infracción instantánea que conlleva efectos permanentes y definitivos. En cambio, si se rompe un vínculo sin que haya voluntad de establecer otro, pero con la sola voluntad, digamos, de disfrutar de una libertad que se daba por perdida, en este caso tendríamos una infracción continua y no instantánea. En este caso, en efecto, habría una clara voluntad contumaz de permanecer en un estado de separación cuando a la vez no habría ningún otro obstáculo formal para reconstituir la alianza conyugal. Es el mismo movimiento de la voluntad que decidió romper y el que se mantiene en esta situación de ruptura. Es fácil ver la diferencia con la situación anterior. En este caso, paradójicamente, comprendemos mejor que se puede mantener una situación de persistencia en el estado de pecado, que sería de por sí un obstáculo para recibir el sacramento de la reconciliación.

Hacia una necesaria pastoral de la reconciliación

La distinción jurídica, hecha por analogía con las infracciones continuas e instantáneas en derecho penal, tiene la ventaja de abrir la puerta en el plano teológico a una pastoral de la reconciliación, sin poner en tela de juicio la afirmación del carácter indisoluble del matrimonio. Esta pastoral de la reconciliación es la única que puede conjugar dos realidades que por esencia no pueden ser incompatibles: la indisolubilidad del matrimonio y la infinita misericordia de Dios. Ahora bien, todas las alternativas que se ofrecen actualmente a las parejas “divorciadas vueltas a casar” atentan contra una u otra de estas realidades o contra ambas.

– Recurrir a la declaración de nulidad del primer matrimonio por un vicio de consentimiento (inmadurez…) es decir que nunca hubo alianza. Los casos genuinos de nulidad son extremadamente raros y son el resultado de una deficiencia de parte de quienes prepararon a los contrayentes. O bien, esto significa que se debería tener la valentía de negarse a celebrar muchas bodas, con las consecuencias pastorales que podemos fácilmente imaginar. Por otra parte, si el procedimiento de nulidad se utiliza para suavizar o soslayar la norma de la indisolubilidad, entonces se hace violencia tanto a la doctrina verdadera de la Iglesia sobre la indisolubilidad como a muchas personas, a quienes se les niegan largos años de vida como si hubieran sido nulos o vacíos. Por no hablar de sus hijos, que habrían nacido de la nada.

– La abstinencia eucarística debida a la imposibilidad de recibir el sacramento de la reconciliación es también una violencia inaudita contra las personas, cuyo alcance es difícil de medir. Esta prohibición, salvo un arreglo pastoral más o menos clandestino, es llamada a veces eufemísticamente “ayuno eucarístico”. Pero el ayuno es, por naturaleza, algo que debe romperse. Ahora bien, los divorciados vueltos a casar, que no tienen intención de deshacer su familia, no podrán jamás romper ese ayuno. No se trata, pues, de un ayuno, sino de la privación definitiva de un alimento que consideramos esencial en la vida de un cristiano. Vale más decirlo con toda claridad.

– La abstención de los actos reservado a los cónyuges, o la vida de “hermano y hermana”, como se designa una vida conyugal en la que no hay relaciones sexuales, es colocar a las personas en una situación prácticamente imposible. Y también en este caso las normas hacen violencia tanto a las personas como a la visión cristiana del matrimonio. Las relaciones sexuales no agotan la alianza, hay una vida de alianza después de las relaciones sexuales y aun sin ellas. No son de ninguna manera lo máximo de la alianza y hay muchos otros actos propios de los esposos. Por no hablar de la intimidad y de la ternura en la vida cotidiana, el acto reservado a los cónyuges es ante todo verse como personas únicas recíprocamente y entregarse mutuamente en lo más íntimo de su ser, de tal manera que esta donación funda justamente el carácter único de la alianza y su indisolubilidad ontológica.

La expresión “vivir como hermano y hermana” tampoco carece de ambigüedad. En efecto, quienes han escuchado el llamado a vivir algo de esta fraternidad, por ejemplo en la forma de la vida religiosa, tienen un ideal de vida diferente de la relación de alianza entre dos personas. Es una vocación, no es un subterfugio. Y esta vocación consiste precisamente en renunciar a esta donación tan íntima de sí a otra persona, para reservarse con el fin de vivir algo así como la universalidad del amor de Dios. Entre estos dos estados de vida, hay algo más que el solo asunto de las relaciones sexuales. Se trata de dos vocaciones diferentes, cada una de las cuales expresa, de manera complementaria, un aspecto del amor divino.

Para terminar…

En el fundamento mismo de la indisolubilidad de la alianza verdadera entre dos personas es donde hay que buscar cómo resolver los signos de contradicción entre esta cumbre del amor humano y sus fracasos inevitables y dolorosos, y no en la búsqueda de un compromiso mínimo entre dos órdenes de realidades que serían divergentes. No existe, por un lado, las palabras de Cristo que señalarían un ideal del amor conyugal y, por otro, las concesiones inevitables que correrían el riesgo de relativizarlas.

El camino que se ha explorado mira considerar, en su radicalidad, el carácter indisoluble de la alianza entre dos personas y a reconocérselo a la segunda alianza con el mismo título que a la primera. La segunda alianza crea una situación definitiva que sobrepasa tanto los cónyuges como a la propia Iglesia. No es cuestión de ninguna manera de relativizar el valor único del matrimonio sacramental. Al contrario, cuando un futuro toma forma, la tentación de querer negar el pasado es menos fuerte.

La experiencia humana atestigua que es posible vivir una segunda alianza en toda su fecundidad, aun después de un fracaso de la primera. Por tanto, es importante distinguir bien la indisolubilidad del vínculo conyugal y su carácter único, que no son lo mismo. El carácter único al que aspira el amor conyugal es significado por el sacramento del matrimonio, cuya indisolubilidad no expresa totalmente ese significado.

La analogía con la distinción entre infracción instantánea e infracción continua en derecho penal permite hacer una distinción fundamental entre dos niveles de acto voluntario: por un lado, el acto de voluntad fundador (el “sí”) de la segunda alianza y, por otro, los actos cotidianos de voluntad inherentes a la realización feliz de toda relación conyugal.

Por lo tanto, hacerse cargo del carácter definitivo, indisoluble, de una alianza verdadera, aun si no es sacramental, así como la distinción entre diferentes niveles de acto voluntario, permite salir del atolladero que es calificar como persistencia obstinada en estado pecado el caso de parejas que viven un amor conyugal verdadero.

Es posible, entonces, tanto para estas personas concernidas como para la propia Iglesia tener una mirada de verdad y, dado el caso, una palabra de perdón, acerca de un acto (el compromiso en un segundo matrimonio) que cristalizó en el momento de un “sí”, y ello independientemente de la persistencia de la segunda alianza. Esta posibilidad abre la puerta a un camino de reconciliación sacramental, según modalidades por determinar, aunque la segunda alianza se mantenga. Estas modalidades, que podrían prever un camino, unas etapas, deberían naturalmente tener en cuenta también la dimensión de la reparación, en cuanto sea posible, como en cualquier proceso de reconciliación.

Este camino no es de naturaleza tal que implique mayor escándalo o incomprensión que las alternativas que se ofrecen actualmente a los “divorciados vueltos a casar”, las cuales tienen en común que hacen violencia tanto a las personas como a los fundamentos mismos de la fe. Al contrario, abriría ampliamente las puertas de la misericordia de Dios que se manifiesta sacramentalmente, sin que por ello se rehúya la prueba de la verdad y sin poner en tela de juicio el carácter único del sacramento del matrimonio.

(Traducción: Francisco Quijano OP)

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