Madurar la Palabra de Dios (Mike van Treek)

Revista Mensaje 636, 2015

Se ha publicado la Relatio del Sínodo Extraordinario de la Familia 2014. El documento fue presentado a la Iglesia para que durante varios meses se trabaje en él, a fin de madurar su contenido (ideas y propuestas) con verdadero discernimiento espiritual. Así lo señaló el papa Francisco en el discurso final de esa reunión colegiada.
Me referiré aquí a algunos elementos de la aproximación bíblica que está implícita en el texto, especialmente en los párrafos 15 y 16. Mi interés es proporcionar claves metodológicas útiles para leer con espíritu de discernimiento la Escritura.

La forma en que el documento se acerca a esta merece, cuando menos, algunas preguntas y críticas. Por sobre todo, deja un gran espacio para la maduración y el aporte que pueden realizar la exégesis y la teología. En general, me parece que la aproximación bíblica que él realiza tendría que interrogarse más profundamente sobre los presupuestos históricos y hermenéuticos con los cuales se leen los textos. En algunos casos, la exégesis que emplea es más bien inverosímil y, por ello, teológicamente difícil de sostener.

Me detendré en estos elementos, aun sabiendo que son complejos y que el espacio no es mucho. Enuncio el núcleo de los temas en la esperanza de ayudar ulteriormente a la maduración del juicio de la Iglesia en estos asuntos mediante el examen cuidadoso de la Escritura (cf. Dei Verbum, 12; Evangelii Gaudium, 40).

¿CÓMO ENSEÑA LA BIBLIA?

En el cuestionario preparatorio se preguntaba por el conocimiento de las enseñanzas bíblicas sobre el valor de la familia. Las respuestas de algunas conferencias episcopales europeas y asiáticas asumieron un tono más bien conceptual. Cabe plantearse, entonces, si es de esa índole la enseñanza bíblica visualizada por el Sínodo. En la Relatio Synodi se concibe a la Escritura como cercana a ser un depósito de doctrinas a las cuales tomar en cuenta para sustentar afirmaciones sobre problemas éticos planteados en culturas ostensiblemente diferentes entre sí. Y esto, en relación con la matriz cultural de la Biblia.

No pueden ser ignorados, a la hora de alimentar la reflexión teológica y pastoral, los asuntos relativos a la vida familiar y política de la sociedad judía del Segundo Templo (época persa y helénica, siglos VI-I a. C.), ni de las diferentes comunidades fundadas por san Pablo ni aquellos relativos a los destinatarios originarios de los evangelios. Es válido preguntarse si la lectura bíblica implícita en el documento es víctima de un sesgo que busca certezas jurídicas y conceptuales muy ajenas a la preocupación de estos textos. Esta búsqueda estaría más bien marcada por las preocupaciones de algunas culturas (países desarrollados del Hemisferio Norte), pero no de toda la Iglesia. Uno puede leer a Jocelyne Khoueiry —la excombatiente libanesa convertida en una cristiana volcada a promover la paz— y compartir sus inquietudes por la tendencia uniformizante del Sínodo, que ha dejado a la sombra la realidad de los problemas que enfrentan las familias de las culturas orientales, asiáticas y africanas.
El juicio de la Iglesia en este asunto podría madurar al considerar seriamente el valor educativo de la Escritura. Se trata de una reflexión fundamental ya que en la Biblia no hallamos únicamente textos destinados a la enseñanza doctrinal, sino más bien textos literarios que responden a diferentes registros o géneros (cf. Dei Verbum, 12; también Evangelii Gaudium, 147).

Sostengo que una aproximación teológica-literaria a la Escritura puede dar pie a una reflexión sobre el carácter perlocutivo de la Palabra de Dios. Esto significa que “el mensaje central es aquello que el autor en primer lugar ha querido transmitir, lo cual implica no solo reconocer una idea, sino también el efecto que ese autor ha querido producir” (Evangelii Gaudium,147; énfasis agregado). Ahora bien, cabe la pregunta entonces sobre cómo la literatura bíblica (mitos, poemas, leyendas, exhortaciones, catequesis, himnos y narraciones de tantos tipos) puede considerarse como una cantera educativa. Se me permita, para responder a esto, un ejemplo de otro continente del sur.

Un relato tradicional africano (El bebé de barro) cuenta la historia de una niña a la que durante su infancia le gustaba jugar con muñecas de barro. Ya crecida y casada, ella y su pareja descubren que no pueden tener hijos, por lo que recurren a la sanadora de la aldea en busca de una solución. Ella le ordena hacer un bebé de barro similar a los que hacía de niña y arroparlo en un cuna dentro de su choza. Un día el bebé de barro cobra vida y los padres salen al páramo en busca de comida. Los niños de la aldea sacan al bebé de la choza para jugar con él, pero la lluvia deshace el bebé, que se convierte nuevamente en barro. Ntjui, la madre, llora con amargura la pérdida de su bebé hasta que el sonido de algunos piececitos caminando le hace levantar la mirada y ver que todos los niños de la aldea la rodeaban, sonriendo. Ella sonríe con ellos y comprende así de qué se trataba en verdad la orden de la sanadora.

Este cuento de una belleza simple y profunda puede ser leído como una historia educativa. Lo acontecido sugiere a la protagonista una mirada más amplia de la maternidad y de la fecundidad de una familia. Tener un hijo no es como poseer una cosa inerte. La fecundidad de Ntjui y su pareja está en el consentir la pérdida de un hijo fantasmal que ha sido fabricado como suplente de un deseo infantil. Ser madre y padre en el cuento consiste en reconocer la mutación del papel en el seno de la comunidad real a partir de las condiciones vitales; han sido los niños de la aldea quienes han transformado en padre y madre a esta pareja biológicamente estéril, sin que aquellos pequeños tengan que negar sus propias filiaciones. Todo estaba allí, pero había que saber verlo; había que salir de la choza para apreciarlo. ¿No es esto algo similar a lo que tiene que experimentar Abraham con sus hijos Ismael e Isaac en el libro del Génesis? Abraham solo será padre de naciones si está dispuesto a cortar los lazos que lo unen con sus dos hijos mayores. La vida, dice el Génesis, viene de Dios y no puede poseerse. Por su parte, Ismael e Isaac (habría que decirlo de Jacob y José, también) no serán verdaderamente seres en sentido completo si no dejan la casa paterna para vivir por ellos mismos.

Esa ruptura está atravesada por el sufrimiento pero es, al mismo tiempo, una necesidad vital de todo ser humano.
He querido detenerme en una historia no bíblica para ilustrar en pocas líneas cómo la literatura puede promover una apertura a la comprensión de la vida. Tal vez no nos da respuestas a los problemas de hoy, pero nos ayuda a plantearnos las preguntas de una manera más rica y nutritiva, donde la imaginación nos permita elaborar respuestas inéditas a problemas nuevos.

El trabajo propuesto no es sencillo, pero es hermoso. La complejidad de la vida del ser humano se expresa mejor en símbolos que en conceptos, y ese es el lenguaje en el cual los autores bíblicos, verdaderos autores, han expresado lo que Dios quería decirnos (cf. Dei Verbum, 11). Por su parte, el Magisterio eclesial se expresa en conceptos y no en símbolos. En consecuencia, el trabajo magisterial y teológico realizaría una operación de recodificación o resignificación, tarea en la cual la amplia discusión teológica (en espíritu interdisciplinario) es necesaria y fundamental. No es una tarea exclusiva de expertos de escritorio, porque la formulación de lo inédito ha comenzado ya en las comunidades eclesiales animadas por el Espíritu de Cristo, que está renovando todas las cosas. Se puede invitar, entonces, a mirar de otro modo la Biblia.

VIVIR JUNTOS EN FAMILIA

El acercamiento del documento sinodal a la Sagrada Escritura podría enriquecerse mediante el cultivo de una mirada sapiencial. El sabio, con el enigma, invita a la humildad: “Hay tres cosas que me rebasan y una cuarta que no comprendo: el camino del águila por el cielo, el camino de la serpiente por la peña, el camino de la nave por el mar, el camino del hombre por la mujer” (Pr 30, 18s). Al hablar de familia, de amor, de vidas que se construyen en conjunto, no caben simplificaciones, como las que resiente Khoueiry. La vida familiar, si es el núcleo de la vida social, debe ser tratada con cautela y amplitud. En otras palabras, lo que se vive en la familia no es una vida separada de la sociedad. Tampoco lo era en las sociedades donde se produjo la Biblia: ¿no llama esto a una cierta cautela, profundidad y amplitud en la búsqueda de textos que “iluminen” el pensar sobre la familia hoy?
En este sentido, pienso que otros textos podrían aportar aire fresco a la reflexión. El Libro de la Sabiduría reflexiona sobre el malogrado proceso familiar de luto por la muerte prematura de un hijo. ¿Qué ocurre cuando no dejamos partir a uno de los nuestros y su ausencia comienza a invadir todas nuestras relaciones? (Sab 14, 15-16).
El libro del Génesis reúne sustantivamente historias de familias: padres, hijos y hermanos que tratan de alcanzar una vida justa de cara a Dios, y bajo la responsabilidad de una elección que debe enigmáticamente beneficiar a toda la humanidad. La resolución de los conflictos de familia narrados allí tienen una incidencia política y religiosa directa en la sociedad de sus personajes (por ejemplo: Gn 12, 10-20; 34; 38; 46, por citar algunos episodios).

Prestar atención, por ejemplo, a textos como el Cantar de los Cantares permitiría considerar en la reflexión una exploración teológica y antropológica de gran intensidad estética y riqueza axiológica que desafía a comprender el amor y el erotismo en sus dimensiones más desconcertantes y movilizadoras. La presencia del Cantar de los Cantares en el canon, así como la de Qohélet, nos recuerda que son difícilmente conceptualizables las experiencias del amor y el sentido de la vida humana. Se me permita citar una metáfora alimenticia: no se puede reducir la vida del animal a un cubito de caldo concentrado y pretender reconstruir algo más que una sopa. Lo mismo ocurre con el amor; no nace ni se extingue mediante leyes ni doctrinas.

Otro elemento que vendría a enriquecer y madurar el juicio eclesial sería la consideración de otros textos epistolares sobre la familia. El sínodo cita Efesios 5, 21-32, un texto que desde el punto de vista sociológico da testimonio de la presencia del código familiar grecorromano en las comunidades paulinas. Esta incorporación fue gradual y su impacto en las comunidades no fue para nada banal, pues ellas querían vivir en base a unos valores originalmente próximos a la libertad y la igualdad entre los esposos y entre miembros de la sociedad (Ga 3, 23). Resultaría enriquecedor para una teología del matrimonio que ella considerara el estudio exegético de textos en los cuales se constata un cambio en la manera de vivir y pensar la familia cristiana. En este sentido, si la lectura de Efesios no considera la Carta a los Gálatas la teología resultante resulta parcial y descontextualizada. En el fondo, hay que explicar de una manera no especulativa la evolución del pensamiento paulino desde Ga 3, 23-29 o 1Co 7, 1-16 hasta Efesios y, luego, preguntarse por la incidencia del contexto en la reformulación de aquel pensamiento en el discípulo de Pablo que escribe Colosenses y Efesios.

LA ENSEÑANZA DE JESÚS

A lo largo del documento propuesto a la discusión, la palabra “evangelio” aparece en diversos usos. Llama la
atención el empleo de la palabra en las expresiones “Evangelio de la familia” y “Evangelio del matrimonio”. El contenido de estas expresiones conduce a algo que ha sido encomendado a la Iglesia mediante la revelación del amor de Dios en Jesucristo para que sea anunciado, asunto iniciado por los padres de la Iglesia, los maestros de espiritualidad y los santos. En cuanto a la específica relación de la expresión con la Escritura, me parece que aquella debe usarse con cautela. Ante todo, hay que tener la precaución de no fragmentar el anuncio de Jesús en una serie de compartimentos doctrinales separados por temas. El anuncio de Jesús es el reino de Dios ofrecido sin distinción a la humanidad y las Bienaventuranzas son un programa que toca la vida entera de la comunidad. En ese sentido, ellas son también el “Evangelio de la familia”; en ellas, todos estamos llamados a vivir los valores fundamentales del Reino.

Más espinudo resulta el problema de la interpretación de los textos bíblicos relacionados con la expresión. Como ya lo notó Ignace Berten, es necesario interrogarse si el documento sinodal pretende atribuir o no un carácter históricamente real a algunos de los textos citados en lo que el documento llama “tres etapas fundamentales del proyecto de Dios sobre el matrimonio y la familia” (15). ¿De qué tipo de etapas se trata? Me parece importante no perder de vista que ni la exégesis ni el Magisterio atribuyen a Gn 1-2 (y tantos otros textos de la Biblia hebrea) un carácter portador de verdad histórica.

Así también, cuando se refiere a las palabras de Jesús en los evangelios, no se puede olvidar lo ya establecido por el trabajo de los exégetas en los últimos dos siglos y que ha sido además admitido en el Magisterio eclesial. Me refiero a lo señalado por la instrucción Sancta Mater Ecclesia (abril de 1964): el intérprete de los evangelios debe “prestar diligente atención a las tres etapas de la tradición por medio de las cuales han llegado hasta nosotros la doctrina y la vida de Jesús” (Enquiridion Bíblico, 648). Esas tres etapas son: la predicación de Jesús mismo, la predicación de esas palabras por los apóstoles y, finalmente, la escritura de los distintos evangelios. En cada una de estas etapas ocurrieron procesos de adaptación, interpretación, selección y planificación efectuados tanto para comunicar eficientemente el mensaje a los oyentes como para lograr los fines que se perseguían, según señala el texto. Por lo anterior, “si el exegeta no atiende a todos estos factores […] y no emplea adecuadamente todas las aportaciones de las investigaciones recientes, no cumplirá su misión de descubrir qué es lo que los hagiógrafos pretendieron y qué es lo que realmente dijeron” (Enquiridion Bíblico, 652).
En este punto hay mucho que avanzar entonces, pues la vida de las familias mediterráneas palestinas del siglo primero se desarrolló en situaciones muy diferentes a las que experimentan las culturas contemporáneas (por ejemplo, condiciones demográficas, económicas, médicas, axiológicas, religiosas, políticas, etc.). Ahora bien, sin descuidar los elementos fundamentales de la predicación de Jesús, debemos resistir a la tentación de rigidizar hostilmente la letra y la ley, sin dejarse sorprender por el Espíritu de Dios. El riesgo de convertir el pan de la Palabra en piedras de violencia lanzadas en contra de otros miembros de nuestra sociedad no nos puede conquistar. MSJ

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Una respuesta a Madurar la Palabra de Dios (Mike van Treek)

  1. manuel ramos dijo:

    Buenas tardes para F. Mtz. M.

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