¿Innovar o conservar?

¿Innovar o conservar?
Crisis en la moral sexual católica: Un estudio desde la historia
Cristián Barría Iroumé
Psiquiatra
Integrante del círculo de estudio Sexualidad y Evangelio
Centro Teológico Manuel Larraín

Esta contribución revisa los cambios en la reflexión moral católica sobre sexualidad en los últimos 50 años. Como un ensayo de comprensión de esta evolución, aplica los conceptos desarrollados por Tomas Kuhn a partir del estudio de los cambios en la historia de las ciencias. Según Kuhn la aparición de hechos nuevos provoca el surgimiento de un nuevo paradigma en el pensamiento, que al contradecir el anterior provoca una crisis en la disciplina correspondiente. Entre los católicos, en los años previos a 1968, surgieron hechos e ideas nuevas que llevaron a revisar el marco de pensamiento sobre sexualidad vigente durante siglos, emergiendo una renovación. Se esbozan los elementos de una crisis de paradigma entre los católicos respecto a la moral sexual, aun no resuelta. Paulatinamente, se ha constituido una visión moral renovada, frente a una moral oficial que tiende a conservar esencialmente la doctrina moral clásica y heredada. En este contexto, se abre una pregunta: ¿cómo puede la fe contribuir a integrar humanamente amor, placer y fecundidad en la vida sexual activa?

Dios ha dejado la solución de muchos problemas al juicio de los hombres. Por tanto, éstos tienen derecho a debatirlos entre sí, a fin de encontrar la verdad, ¿y por qué iba la Iglesia a impedir tales discusiones ya antes de que se pongan en marcha, imponiendo silencio a todos? León XIII

La sexualidad es un don maravilloso de Dios a la humanidad. Lamentablemente, en el campo de la moral sexual católica actualmente hay problemas para aprehender la sexualidad de un modo compartido por la comunidad de los creyentes. El Magisterio plantea una enseñanza precisa que constituye hoy la enseñanza oficial. Sin embargo, una significativa proporción de fieles actúa de modo diverso a las doctrinas oficiales guiándose por una intuición diferente de la sexualidad, camino en el que son acompañados por un número de sacerdotes y teólogos. Una encuesta a católicos en Chile mostraba que el 95% de ellos era partidario del uso de los métodos artificiales de prevención de la natalidad, condenados en las normas oficiales.

En el Concilio Vaticano II se entregaron orientaciones renovadoras en teología moral, pero el desarrollo del tema fue insuficiente, quedando la tarea para el post-concilio. Desde entonces en la comunidad católica estamos viviendo una transformación cultural y una crisis de paradigma en el modo de concebir, percibir y vivir la sexualidad. El debate en moral sexual viene desde hace unos cincuenta años sin haberse resuelto definitivamente. Hoy coexisten en la comunidad católica dos modos de comprender y abordar la sexualidad: una visión de orientación tradicional o clásica que domina en la enseñanza oficial y otra visión moral innovadora, mayoritaria en la práctica, pero aun no regular.

Nos apoyaremos en las ideas de un autor de historia de las ciencias, Tomás Kuhn, según su libro La estructura de las revoluciones científicas, cuyos conceptos se han utilizado ya en la reflexión religiosa. Reflexionaremos sobre la sexualidad católica desde una perspectiva histórica, aplicando las ideas de Kuhn y orientados por nuestra perspectiva profesional, la medicina y la psicología. Damos una breve síntesis de las ideas de Kuhn como introducción al estudio de la crisis en el pensamiento moral católico.

I. Síntesis de las propuestas de Kuhn
Las revoluciones en la ciencia

Kuhn define así la idea de paradigma: “toda la constelación de creencias, valores, técnicas… que comparten los miembros de una comunidad dada”. Se trata de conceptos y métodos que dan forma a la marcha de una disciplina. Por ejemplo, en el estudio de la naturaleza en la Antigüedad predominaron las ideas de la cultura helénica. Esta manera de mirar el mundo físico se transformó con Galileo, quién, a través del telescopio, percibió cosas inéditas y propuso nuevos modos de pensar la naturaleza. Un nuevo paradigma proporciona una perspectiva nueva de comprensión de los fenómenos.

Crisis de paradigma en una disciplina

El cambio es desencadenado por observaciones nuevas que resultan anómalas y que ya no pueden ser explicadas por el paradigma dominante. Se desarrollan esbozos de teorías con el fin de explicar lo nuevo, naciendo así un nuevo paradigma. Por un tiempo ambos coexisten, quedando la comunidad dividida entre los partidarios del antiguo y los seguidores del candidato a nuevo paradigma. Los estudiosos que llevan años trabajando en el paradigma antiguo tienden a resistirse a aceptar las nuevas ideas. Los investigadores jóvenes y más libres empiezan a explorar el nuevo paradigma. Si éste comienza a mostrarse útil para explicar los resultados y sugerir nuevos caminos, será adoptado en forma creciente.

Persuasión versus imposición

El nuevo marco de pensamiento solo puede ser adoptado por persuasión, siendo imposible imponerlo por coerción. Esta es una característica crucial. Hay casos de autores tradicionales que rechazan hasta el fin de sus días el nuevo paradigma, el que sin embargo ya se ha extendido, dominando completamente la disciplina. Son personas incapaces de asumir el esfuerzo de abandonar la perspectiva clásica para adoptar una nueva, que resulta demasiado incierta para ellos.

Un hecho llamativo es que la adopción de un paradigma no resulta de una demostración puramente racional. Al comienzo de la crisis, los esbozos del nuevo paradigma son precarios. Quienes lo postulan son guiados por una intuición más que por un sistema racional completo. Gradualmente surgen nuevos conocimientos que encajan mejor con el nuevo paradigma que va siendo paulatinamente confirmado, quedando finalmente abandonado el antiguo.
Rivalidad de escuelas

Los tradicionalistas defienden el antiguo paradigma, realizando adaptaciones ad-hoc, intentando explicar los hechos nuevos como casos especiales del mismo paradigma antiguo. De este modo, intentan conservarlo. Quienes postulan un nuevo paradigma presentan sus investigaciones como un progreso, proponiendo el abandono del antiguo en aras del desarrollo. Se produce un conflicto semejante al conflicto político, según Kuhn. Un sentimiento de insatisfacción con el antiguo enfoque desencadena el clima apto al cambio y la “revolución” en el pensamiento.
Kuhn postula que el debate no tiene solución racional, debido a que, con la aparición del nuevo paradigma, ambas escuelas ya no tienen un área de estudios común. Cada una argumenta de forma circular en base a su propio paradigma, el que precisamente es rechazado o incomprendido por la escuela rival. Ambas escuelas observan el mundo de modo diferente y, en cierto modo, habitan mundos diferentes.

Incomunicación entre escuelas

Durante muchos siglos, en la astronomía occidental no se percibieron cambios en el cielo, pues en el paradigma antiguo el cielo era considerado inmutable. El paradigma influye en “el mundo” que es posible observar. Ahora bien, después del cambio de paradigma que trajo Copérnico, durante los cincuenta años siguientes, ¡los astrónomos occidentales vieron por primera vez muchos cambios en el firmamento! Kuhn sugiere que una comunidad unida en torno a un paradigma funciona como una comunidad lingüística. Durante la crisis de paradigma, los rivales son como dos comunidades de lenguas diferentes, donde se va perdiendo la posibilidad de comunicación profunda y real entre ellas.

II. Síntomas de una crisis en el paradigma tradicional de la sexualidad católica

Las ideas de Kuhn son iluminadoras para comprender la crisis actual de la moral sexual católica. ¿Qué ha ocurrido desde los años sesenta respecto a la sexualidad en la Iglesia?

1. Aparición de hechos y conocimientos nuevos en sexualidad

Nos parece que la crisis en la manera de pensar la sexualidad en el siglo XX fue desencadenada en gran medida por la irrupción sucesiva de dos descubrimientos en medicina. Estos importantes acontecimientos fueron: 1) el descubrimiento preciso por parte de la ciencia de los días infecundos en el ciclo la mujer, en los años treinta, y 2) la comercialización de la píldora anticonceptiva, en los años sesenta. Estos hechos, en especial el segundo, estimularon la reflexión moral católica, impactada por los nuevos desafíos de la ciencia moderna.

El hecho de que se descubriera que la mayor parte de los días del ciclo femenino eran infecundos, era un acontecimiento “extraño” para el pensamiento tradicional. Antes siempre se pensó que el fin esencial de la vida sexual era la procreación. Resulta ahora que la procreación es imposible la mayor parte del ciclo, según descubre la ciencia. ¿Cómo comprender, en el plan de Dios, esta recién descubierta sexualidad infecunda de la pareja? Ya no era evidente que la sexualidad conyugal estuviera ordenada esencial y “primariamente” a la procreación. Eran nuevas preguntas que surgían desde la ciencia moderna.

Prudentemente, en 1951 el papa Pío XII innovó en la doctrina y permitió a los esposos recurrir a los días infecundos a través del método de la continencia periódica, cuando había motivos para evitar la prole. Tal vez no se percibió entonces que el paradigma moral clásico estaba siendo cuestionado en su coherencia interna, al permitirse por primera vez relaciones sexuales intencionalmente infecundas. La antigua primacía de la procreación empezaba a eclipsarse mientras que la importancia del amor y del placer empezaba a crecer lentamente.
Los nuevos acontecimientos remecieron el paradigma clásico sobre la sexualidad. Los descubrimientos permitían ahora a los padres dominar racional y responsablemente la fecundidad y el número de hijos. La familia numerosa, tan apreciada por la tradición y que parecía asegurada hasta entonces, aparecía en peligro. Los padres ahora podían disponer de procedimientos prácticos –el ritmo, la píldora– notablemente más efectivos y sencillos que los tradicionales métodos anteriores como la continencia definitiva y el coitus interruptus, este último siempre rechazado.

Algunas parejas honestas y devotas comenzaron a usar los nuevos métodos anticonceptivos, considerándolos aceptables moralmente. El impacto de los nuevos conocimientos fue tan grande y sorprendente que la antigua doctrina condenatoria de todos los métodos anticonceptivos quedó transitoriamente en suspenso en la práctica, si bien siguió vigente en los códigos escritos como doctrina oficial. Varios teólogos y obispos se mostraron permisivos frente a los nuevos métodos. El edificio teórico de la moral, construido por más de un milenio, que solo había sufrido pequeños adaptaciones a lo largo de muchos siglos, parecía temblar ante los nuevos desafíos. En esos años el pensamiento católico clásico sobre la sexualidad entró en una crisis de paradigma, que en nuestra opinión aún no se ha resuelto.

Algunas parejas católicas usaron inicialmente anticonceptivos para distanciar el riesgo de un próximo embarazo, después del nacimiento de un niño. Parecía saludable y bueno distanciar por dos o tres años los partos sucesivos, según aconseja la medicina. ¿Acaso Dios podría querer que naciera un niño apenas diez meses después de otro, abrumando a la madre y la crianza, como a veces ocurría antes de los anticonceptivos? Eran hechos nuevos a pensar que irrumpieron desde la historia, la cultura y la ciencia.

2. Pensamiento innovador previo a la encíclica Humanae vitae

Los teólogos realizaron innovaciones con el fin de pensar los nuevos acontecimientos a la luz de la fe cristiana. En esta reflexión, algunos de los autores fueron deslizándose hacia un nuevo marco de pensamiento moral sobre la sexualidad, quizás sin ser plenamente conscientes inicialmente de la revolución cultural que estaban protagonizando. Uno de estos lugares fue la Comisión Pontificia para el Estudio de la Regulación de la Natalidad, creada para asesorar al Papa en los años sesenta.

El Concilio debió suspender su debate sobre el tema de la regulación de los nacimientos, quedando la materia reservada al Papa, con la asesoría de la Comisión, que debía entregarle sus conclusiones en forma reservada. Al interior de la Comisión se hicieron notables avances en dirección a una innovación, es decir, hacia la aceptación moral de los métodos anticonceptivos para regular la natalidad por parte de los esposos católicos. Según el jurista e historiador John Noonan, asesor de la Comisión, ésta llegó a contar con 15 demógrafos y economistas, 12 médicos, 6 representantes del laicado casado y 5 mujeres. Provenían de muchos países: 11 de USA y Canadá, 28 de Europa, otros de Asia, África y Sudamérica. Entre sus miembros, también hubo 19 teólogos y, en su jornada final, se contaron 15 cardenales y obispos.

Los testimonios de los laicos casados y también de médicos, ginecólogos, sociólogos y diversos especialistas integrantes fueron impresionando a los teólogos y obispos de la Comisión, pese a que muchos de ellos eran inicialmente renuentes a admitir un cambio en esta materia. Especialmente persuasivo resultó el aporte de las mujeres, hasta el punto que finalmente la Comisión se pronunció por aceptar la posibilidad de la anticoncepción, proponiendo una puesta al día de la doctrina. En la etapa final, todos los laicos de la Comisión estaban por el cambio, pese a que varios de ellos conducían hasta entonces programas de regulación de la natalidad de tipo natural, pero su experiencia los había hecho evolucionar. Pero una pequeña minoría de sacerdotes tradicionales mantuvo su rechazo a innovar. Siguiendo nuestra hipótesis de trabajo, pensamos que en el seno de la Comisión se fueron formando entonces dos “pequeñas escuelas” que quedaron finalmente incomunicadas.

Después de un trabajo de varios años, la Comisión, por abrumadora mayoría, aprobó su informe, que fue entregado al Papa el 28 de junio de 1966. Recomendaba una renovación de la doctrina, sugiriendo que los esposos tomaran la decisión sobre la forma de planificar responsablemente su familia, de acuerdo a ciertos criterios.

Lamentablemente, la minoría conservadora integrada por personas influyentes como el cardenal Ottaviani, prefecto del Santo Oficio, presentó por su cuenta al Papa una conclusión disidente, que reiteraba la condena de siglos hacia la anticoncepción. La decisión final del Papa, expresada en Humanae vitae, descartó la conclusión innovadora. Recogió, en cambio, las propuestas de la minoría conservadora de la Comisión, resolviendo excluir el uso de métodos artificiales y autorizando sólo la continencia periódica.

3. Perfilamiento gradual de dos corrientes

Un síntoma de la crisis fue la creciente incomunicación de los dos grupos que comenzaron a perfilarse en la comunidad católica. Los primeros teólogos innovadores aceptaron los anovulatorios para distanciar el nacimiento del siguiente hijo y permitir un mejor espaciamiento de los embarazos. Se fue enriqueciendo la discusión con ideas nuevas de los autores innovadores. Valsechi, autor de un documentado resumen de los diez años de discusión teológica previa a la resolución sobre la píldora, señala que los autores innovadores elaboran ideas que, en su opinión, no son respondidas por los tradicionalistas que se les oponen. Vale decir, unos dan argumentos nuevos pero los otros insisten que el cambio es imposible, sin detenerse a examinar la posible fuerza de los argumentos aportados, pues –probablemente desde su paradigma– les parecen no pertinentes o irrelevantes.

Otro rasgo del funcionamiento de una disciplina al interior de un paradigma es la existencia de afirmaciones circulares o tautológicas, que funcionan al modo de una definición, que establece una verdad y no se puede corregir. Demos un ejemplo de afirmación tautológica en el paradigma clásico de la moral católica, de la importante encíclica Casti Conubii de 1930: “estando el acto conyugal destinado, por su misma naturaleza, a la generación de los hijos, los que en el ejercicio del mismo lo destituyen adrede de su naturaleza y virtud, obran contra la naturaleza.” Vale decir: como es fin natural del ejercicio sexual tener hijos, impedir esta orientación es anti-natural. La conclusión no agrega conocimiento, solo duplica la premisa inicial. Es el terreno de lo obvio. Los tradicionalistas de la Comisión Pontificia de Estudios de la Natalidad reconocieron hidalgamente que no podían fundamentar racionalmente su postura, de la que sin embargo estaban seguros: “si pudiéramos aportar argumentos claros y convincentes por la sola razón, no sería necesaria nuestra Comisión ni se daría en la Iglesia el presente estado de cosas”.

Otro pensamiento tautológico de los tradicionalistas: “La Iglesia no puede modificar su respuesta, porque ésta es verdadera… la doctrina en sí no puede no ser verdadera. Es verdadera, porque la Iglesia… no ha podido equivocarse de una manera tan nefasta a lo largo de todos los siglos”. El razonamiento es tautológico, basado solamente en el paradigma que le da sustento. Al convencido le parece natural; al no convencido, no le aporta nada (o bien le parece ver una debilidad en la argumentación, pero ya desde otro paradigma). El pensamiento clásico confirma la verdad de su planteamiento en el hecho de que “siempre ha sido así”, razonamiento que a los innovadores no les resulta convincente.

Al abandonarse un paradigma, se abandonan con él muchas definiciones que dependían de él. Pues el paradigma funciona como una matriz de comprensión, que establece lo que es apropiado (o inapropiado) a realizar en el ámbito de la disciplina inspirada en él. Ahora bien, en la sexualidad católica una de las reglas o postulados conservadores esenciales es la unión indisoluble del amor y la fecundidad, en cada acto sexual. Este principio no se puede demostrar, simplemente “es así” –obvio para quien lo percibe– y sirve de fundamento a muchos desarrollos. M. Rohnheimer, un importante teólogo de posturas tradicionales, admite que la inseparabilidad de unión y procreación no es demostrable: “Como todos los principios fundamentales, tampoco el de la inseparabilidad se puede demostrar propiamente, sino que más bien solo cabe mostrarlo, expresarlo con otras palabras, aclararlo.”
En el paradigma innovador, en cambio, esta regla simplemente no existe, pudiendo separarse perfectamente el amor de la fecundidad en ciertos actos conyugales, lo que permite pensarlos y abordarlos de nueva manera. Por ejemplo, desde el paradigma innovador, en casos de parejas que sufren esterilidad, se ve como moralmente aceptable la fecundación asistida homóloga –al interior del matrimonio–, procedimiento en que quedan separados en el tiempo el momento sexual del momento técnico de la fecundación. Según Marciano Vidal: “No puede descartarse como inmoral una inseminación homóloga cuando no daña la dignidad de la persona y puede aportar un bien a los cónyuges y a la futura prole.” Sugerimos que esto no sería simplemente inmoralidad –como piensa la visión clásica– sino algo quizás más radical: se está hablando ya desde otro paradigma, innovador.

En jornadas y sínodos periódicamente se plantean desde las comunidades locales nuevas posturas y demandas de revisión que, como es previsible, son incomprendidas por el paradigma conservador. Periódicamente algunos moralistas innovadores son corregidos por la autoridad por salirse del paradigma clásico, como es el caso del notable moralista español Marciano Vidal. No cabe hacer remiendos entre dos paradigmas, es uno u otro. Ese es el dilema.

En el mundo católico, la crisis de paradigma en sexualidad se quiso resolver mediante la fuerza de la autoridad papal, a través de Humanae vitae y más tarde, en 1993, por la encíclica Veritatis Splendor, lo que en la práctica no parece haber sido efectivo. Un paradigma o marco de pensamiento se instala por conversión y asentimiento interno, lo que es imposible de lograr por una decisión de la autoridad, que puede ser acatada exteriormente sin una adhesión interior. En definitiva, sólo el convencimiento da lugar a la adopción de un pensamiento, que luego se expresa en la conducta real de los miembros de una comunidad.

4. Debate sobre sexualidad en el Concilio

En una sesión de octubre de 1964 tomaron la palabra cardenales y obispos importantes, aludiendo al problema moral que muchos católicos estaban viviendo en lo referente a la sexualidad, señalando una dirección renovadora. Según el cardenal Leger, la fecundidad “es un deber relacionado, no tanto con cada acto en particular, como con el estado mismo del matrimonio”. Este es un planteamiento clave de la moral innovadora: que la fecundidad es una dimensión del conjunto de la vida matrimonial, no siendo necesaria en “cada acto”.

En el Concilio el Patriarca de los melquitas de Antioquía, Máximos IV, de 86 años, decía ya en esa época, sobre la anticoncepción: “Aquí tenemos un conflicto entre la doctrina oficial de la Iglesia y la práctica contraria de la vasta mayoría de las familias católicas. Una vez más, la autoridad de la Iglesia es cuestionada en gran escala”.
Fue ilustrativa del paradigma conservador la intervención del Cardenal Ottaviani, rechazando las ideas de los renovadores: “Esto es inaudito, desde los siglos anteriores hasta nuestros tiempos. El sacerdote que les habla es el onceavo de doce hijos, cuyo padre era un trabajador en una panadería, un trabajador, no el dueño de la panadería, un trabajador. Él nunca dudó de la Providencia, jamás pensó en poner límites a su familia, incluso aunque hubiera dificultades”. Como vemos, en el paradigma clásico se percibe a la Providencia en el fluir espontáneo de las cosas, en este caso de la fecundidad natural, asumiéndola confiadamente. Discrepando con esa visión, en el paradigma innovador se concibe a la Providencia presente en la libertad de las personas, que pueden planificar su familia responsablemente.

El cardenal Suenens al dirigirse a los padres conciliares usó una expresión particular: “Les ruego, mis hermanos obispos, no permitamos un nuevo caso Galileo. Uno es suficiente para la Iglesia”. Fue una significativa mención a un científico que había desafiado el paradigma cultural de su tiempo. Suenens había percibido lo que estaba en juego en la sexualidad –una crisis de paradigma, una crisis cultural– y quería evitar a la Iglesia un nuevo error semejante al cometido en tiempos de Galileo: la incomprensión por parte de la Iglesia respecto a un cambio de época. Pero el tema polémico del control de la natalidad fue restado del debate conciliar por la autoridad del Papa, quien decidió reservarse el tema.

Sugerimos que el cardenal habría acertado en diagnosticar la crisis cultural que enfrentaba el pensamiento católico en relación a la sexualidad. Sus temores lamentablemente parecen haberse cumplido. El Magisterio, al igual que antaño, optó finalmente por lo más frecuente en una gran institución: reiterar y conservar lo antiguo, a costa de rechazar lo nuevo y desconocido. Como sabemos, el recurso a las nuevas técnicas de la medicina –los fármacos hormonales– que permitían dominar mejor la fecundidad humana, fue excluido en 1968, en Humanae vitae, rechazo reiterado posteriormente.

5. La angustia y resistencia al cambio

La rivalidad vivida en la Comisión Pontificia revela que hay aquí un punto difícil de zanjar por la razón, lo que es característico de la angustia generada en los debates sobre paradigmas. El cambio es inaceptable para los espíritus formados por toda una vida en el paradigma heredado, pues un cambio implica una revisión profunda de la perspectiva con la que se percibe el mundo, revisión que expone a la incertidumbre y a la ansiedad.

La angustia que genera el reemplazo de una visión antigua por una renovada, se expresa en este relato, en el que el moralista Bernard Häring refiere un momento del debate entre dos miembros de la Comisión, una mujer innovadora y un sacerdote de postura tradicional, en el que se traslucen diferentes visiones de la moral. El punto central era la posible legitimidad del uso de los nuevos métodos anticonceptivos. Cuenta Häring: “está el gran problema… del que habló el padre Zalba. Lo dijo gritando y yo comprendí que se trataba de la angustia real presente en el alma de un hombre bueno: ‘Si estas cosas pueden cambiarse, ¿qué pasará con los millones de personas que hemos enviado al infierno hasta hoy?’ La señora Crowley, esa simpática y gentil dama norteamericana, le respondió: ‘Padre Zalba ¿usted está seguro que Dios cumplió con todas las órdenes que usted le dio?’”

Es comprensible que los investigadores comprometidos de por vida con un paradigma que les ha resultado fecundo, se resistan al cambio. Darwin enunció su teoría de la evolución consciente de que sus contemporáneos la rechazarían y prefirió confiar en las generaciones futuras. Según Kuhn a veces se necesita más de una generación para la aceptación generalizada de un nuevo paradigma.

Avanzados los debates de la Comisión, sólo cuatro de los teólogos seguían considerando la anticoncepción como “intrínsecamente mala” contra una significativa mayoría de quince teólogos que ya no la veían así. El consenso completo en una disciplina puede tomar muchos años, según Kuhn. La experiencia de la comunidad católica en torno a la anticoncepción parece darle la razón a este historiador. Recordemos que en la composición de la Comisión se había incluido a personas de ambas corrientes y sus integrantes habían sido cuidadosamente seleccionados. Para asegurar la seriedad de sus conclusiones en la etapa final de reuniones de 1966, el Papa agregó un Consejo de 14 obispos y cardenales de alto nivel.

En la Comisión se alcanzó finalmente una mayoritaria aceptación de los métodos de anticoncepción, en caso de ser esta la decisión adoptada en conciencia por los esposos. Todos los miembros laicos recomendaron esta innovación de la doctrina (31 expertos y expertas de todo el mundo, incluyendo tres matrimonios). Además, significativamente el 80% de los teólogos y el 60% de los obispos y cardenales de la Comisión recomendaron una innovación de la doctrina sobre la regulación de la natalidad, aceptando el recurso a los nuevos métodos.

Puede analizarse la opinión final desde una perspectiva sociológica, según el rol sexual del que toma la decisión. Todos los que vivían la posibilidad de una sexualidad fecunda –los laicos– concordaron en la necesidad de un cambio. Quienes se resistían al cambio pertenecían a la categoría de quienes habían renunciado al ejercicio de la sexualidad fecunda, es decir, eran célibes. La máxima resistencia al cambio se dio entre quienes ejercían mayor autoridad, los obispos.

Aquella decisión moral sorprendentemente unánime de los expertos laicos de hace cuarenta años, en especial la de las mujeres, vista desde hoy, quizás pueda iluminar la conducta coincidente que en la práctica han adoptado muchos fieles desde entonces, al margen de lo prescrito por la autoridad. Esta concordancia se dio en forma espontánea y es por lo mismo más significativa, pues las conclusiones de la Comisión fueron casi desconocidas para el gran público.

7. Reacción de obispos y teólogos

Significativa fue la reacción de obispos y teólogos después de conocida Humanae vitae. Muchas Conferencias Episcopales hicieron precisiones pastorales matizando las recomendaciones de la encíclica. “Nunca había sucedido que tantos obispos reaccionaran ante una encíclica papal y que lo hicieran de manera tan variada y hasta crítica en algunos casos.” Sugerimos que esto podría estar expresando una crisis de paradigma que ya estaba subyacente.
A los pocos días de publicada, surgieron listas de teólogos cuestionando la encíclica en USA, número que rápidamente llegó a los 600. Siguiendo la perspectiva de Kuhn, podemos pensar que allí se desplegaron tardíamente “escuelas” de pensamiento rivales: una corriente confirma el Magisterio legítimo de la Iglesia, la otra, expresa su disenso. Más recientemente, el teólogo español Andrés Torres Queiruga señalaba: “la persistencia numantina en mantener en todo su rigor normas que incluso un gran número de fieles y de teólogos considera anacrónicas y a veces inhumanas, está creando una situación que no resulta exagerado calificar de desastrosa. La situación no tiene salida fácil mientras no se cambien los presupuestos de fondo.”

De vez en cuando el debate se reaviva, señal de que el tema parece no estar zanjado de modo convincente, como se observó en el Sínodo de la Familia de 1980. Es significativo que en ese Sínodo la autoridad romana invitó a quince parejas seguidoras del método del ritmo, encabezadas por el propio Dr. Billings; también se invitó a una madre de 17 hijos, como persona destacada. Estos gestos expresan y refuerzan la visión clásica de la sexualidad, de respeto y privilegio de la fecundidad natural. Sin embargo, surgieron numerosas voces pidiendo una revisión de las decisiones vigentes sobre sexualidad, matrimonio y familia. Entre otros, el arzobispo John Quinn, presidente de la Conferencia Episcopal de USA, pidió con fundamentos empíricos y teológicos una revisión de estos temas, pero su petición fue rechazada.

8. Sacralidad del origen de la vida

Las encíclicas suelen ser encabezadas con palabras que señalan directamente el tema en cuestión. El documento final de la Comisión Pontificia de Estudio de la Regulación de la Natalidad titula su propuesta Sobre la Paternidad Responsable. Sin embargo, el titulo final de la encíclica sobre la anticoncepción fue Humanae vitae, es decir: “Sobre la Vida Humana”. Nos preguntamos, ¿por qué este deslizamiento desde el hecho acotado de la generación humana hacia el hecho más global de la vida? Esta opción, que obviamente es meditada, nos parece un indicio de que nos encontramos ante paradigmas diferentes. Para el pensamiento clásico parece no haber diferencias sustanciales entre el comienzo de la vida, es decir su “fuente”, y la vida misma; entre la capacidad procreativa humana y la vida humana propiamente tal, como si se tratara de un todo o nada.

En la visión antigua e histórica se toma la parte –el origen– por el todo –la vida–. Para esta visión, el encuentro conyugal fecundo sería una suerte de espacio sagrado, donde surgiría la vida inmediatamente creada por Dios, no siendo aceptable –por respeto– la intervención del hombre. Para la visión clásica, manipular la procreación sería semejante a atentar contra la vida, como afirman los teólogos conservadores de la Comisión: “Entre los teólogos la anticoncepción ha sido un vicio condenable, un homicidio anticipado, un pecado grave contra la naturaleza”. ¿Cómo explicar este rigor? Esta visión tiene sus raíces en sociedades agrarias arcaicas, en que la fecundidad era un imperativo de sobrevivencia.

En 1987 el Cardenal Cafarra, director del Instituto de la Familia en Roma, expresaba con vehemencia el privilegio del acto sexual fecundo, característico de la visión tradicional: “El acto conyugal fértil es el templo santo en el que Dios celebra el acto de su amor creativo. El juicio de la Iglesia, por consiguiente, es que la contraconcepción es un acto intrínsecamente ilícito.” En la visión clásica, el acto creativo debe hacer retroceder cualquier posible intervención humana en la sexualidad.

Por el contrario, según los innovadores, se puede intervenir en el proceso generativo, pues la facultad de dominar y humanizar la naturaleza les parece propia del hombre, también en el ámbito sexual. Los innovadores no ven aquí ningún atentado contra la vida en esta intervención, ni atropello alguno a la naturaleza ni al actuar de Dios. Nos parece que se trata aquí de dos miradas teóricas que no se superponen –la tradicional y la innovadora– y que, hasta ahora, han llevado al malentendido y la incomunicación. La mirada tradicional se corresponde con la doctrina oficial del Magisterio, la mirada innovadora expresa la postura disidente de muchos teólogos y fieles.
El valor más sagrado en el paradigma clásico de la sexualidad sería el poder de fecundidad, que sería percibido como lo más próximo a la divinidad: pro-creación. El placer, por contraste, ha sido lo que ha inspirado la más profunda desconfianza a la visión histórica. Recordemos que por muchos siglos el sentimiento amoroso en el matrimonio no fue considerado necesario, en común acuerdo con la cultura más amplia. Sólo en los últimos siglos emergió el amor conyugal como importante, lo que fue gradualmente reconocido en los textos del Magisterio.
El gran ajuste para salvar el paradigma antiguo parece ser el realizado por Pío XII, al aceptar en 1951 la legitimidad de la continencia periódica como método de regulación de la natalidad. Nos parece que este fue un paso creativo de enorme significación, pues una práctica conyugal semejante había sido violentamente condenada por Agustín como inmoral, prohibición que había durado más de mil años. Por eso, esta aceptación oficial de Pío XII parece haber sido la primera gran innovación en el desarrollo doctrinal en lo sexual desde Agustín. Sugerimos que con esta decisión de 1951 habría comenzado la trizadura del paradigma histórico al más alto nivel: el Magisterio por primera vez en la historia aceptaba relaciones sexuales intencionalmente infecundas.

Esto era inédito, siendo, desde nuestra perspectiva, uno de los primeros “hechos anómalos”. El amor y el placer conyugal encontraron por fin un espacio legítimo en la moral sexual, si bien discretamente y sin ser nombrados. Mucho de lo que vendría después nos parece, desde el punto de vista lógico, un desarrollo de esta primera y quizá inadvertida aceptación oficial del placer y del amor como única motivación para la unión conyugal, al menos en algunas ocasiones.

En nuestra opinión, al aceptarse por algunos días las relaciones infecundas, es decir, exclusivamente motivadas por amor y placer, se derrumba ipso facto –si bien inadvertidamente– el privilegio milenario de la fecundidad. En la sexualidad lo importante, lo primario, ¿es la fecundidad, o bien ya no lo es más? Pues bien, si no lo es en una parte del tiempo, quiere decir que ha perdido su sitial intocable. Es como un rey que ya no gobierna en una parte de su territorio o algunos meses del año.

El amor y el placer parecen haber llegado por sus fueros, para no marcharse. Esta es una dimensión de la revolución copernicana que emerge en el pensamiento católico moderno sobre la sexualidad. El nuevo desafío que nos plantea la modernidad es: ¿cómo descubrir en la moral sexual la forma de armonizar el clásico valor de la fecundidad, con los valores “recién llegados”, el amor y el placer? Este es el nudo crucial. Quienes sostienen el paradigma heredado parecen querer subyugar lo nuevo a los antiguos principios. En cambio los innovadores se arriesgan a pensar de nuevas maneras, posiblemente a tientas y en búsqueda.

Para mostrar el funcionamiento orientador de un paradigma, veamos cómo se enfrentan problemas concretos. Varios autores, incluso tradicionalistas, estuvieron de acuerdo en que, en ciertos países en convulsiones políticas y violencia, las religiosas en riesgo de sufrir una violación usaran legítimamente anticonceptivos para prevenir un embarazo. Pero de este caso extremo, algunos autores innovadores dedujeron que la situación era aplicable a otra semejante: la de la esposa presionada y obligada por el marido a unirse a él, aun cuando éste debiera abstenerse.
En el caso de una mujer que pudiera estar en riesgo de enfermar gravemente en caso de un nuevo embarazo, la tradición plantea que el único método permitido es la abstinencia sexual, rechazando tajantemente la esterilización, posición que es todavía la oficial. En cambio, los innovadores aceptan que en estos casos la pareja recurra a la esterilización quirúrgica de modo de conservar su vida sexual, necesaria al amor conyugal.
Un nuevo paradigma entrega una nueva perspectiva para mirar los problemas y encuentra nuevas soluciones. Hasta ahora las soluciones aportadas por los autores innovadores son oficialmente reprobadas pues son ideas teológicas relativamente recientes, propuestas por muchos autores y laicos. En cambio, la doctrina moral tradicional sobre sexualidad ha sido reafirmada vigorosamente en los últimos papados.

9. Una crisis reconocida

En la exhortación papal Familiaris Consortio se reconoce la existencia de dos antropologías diferentes en pugna en la moral sexual, tomándose partido por la tradicional. El documento reconoce que la “diferencia antropológica y moral entre la anticoncepción y el recurso a los ritmos periódicos implica… dos concepciones de la persona y de la sexualidad humana irreconciliables entre sí”. Según varios autores, una de las razones para la publicación de la encíclica Veritatis Splendor en el año 1993 fue la de fundamentar oficialmente la moral sexual clásica. En esta encíclica se intenta “afrontar lo que sin duda constituye una verdadera crisis, por ser tan graves las dificultades derivadas de ella para la vida moral de los fieles” (n.5, subrayado en el original). En ella se reconoce la existencia de corrientes disidentes en teología moral y se intenta corregirlas, fijando el camino regular y reafirmando la palabra oficial del Magisterio. Pero la corriente renovadora sigue viva, pese a los llamados de la autoridad.

Recuerda Häring que un teólogo moral innovador en este tema llegó a ser Papa en 1978, tomando el nombre de Juan Pablo I. En un antecedente poco conocido, Häring cita a Albino Luciani, “Juan Pablo I, que antes de su elección había sido durante muchos años un eminente profesor de teología moral. Personalmente Albino Luciani sugería un cambio de doctrina. Después, cuando Pablo VI reiteró en la Humanae vitae la prohibición de la contraconcepción, decidió permanecer en silencio. En todo caso, después de su elección al pontificado no dejó dudas sobre su intención de proponer una revisión de esta enseñanza, poniendo el acento en un acercamiento consultivo”. Lamentablemente, como sabemos, su pontificado fue breve, falleciendo prematuramente.

Hasta ahora la jerarquía con autoridad válida reitera su enseñanza conservando la moral heredada. Pero al mismo tiempo, se mantiene y crece una poderosa corriente de opinión y de prácticas morales de orientación innovadora, a todo nivel. Nos parece ver que permanecen aquí señales de un “no diálogo”, de un malentendido que nos parece puede comprenderse mejor, según sugerimos, como un debate de paradigmas distintos, en que las palabras probablemente ya no significan lo mismo para los que discuten. Para ambas visiones –tradicional e innovadora– parecen ser por completo diferentes, por ejemplo, el significado de la ley natural, el respeto a la generación y la actuación de Dios en la concepción de un ser humano. La doctrina oficial hoy reafirma la orientación tradicional.

III. Esquema comparativo entre la doctrina moral oficial (tradicional) y la postura moral innovadora (disidente)

La bibliografía es extensa y por espacio sólo podemos apuntar esquemáticamente las respectivas propuestas, sin desarrollar sus fundamentos. Hemos aludido ya a algunos elementos de ambas visiones, por lo que al hacer una descripción de conjunto de cada postura, la oficial y la innovadora, inevitablemente se repetirán algunos conceptos. Desde luego, la enseñanza oficial es bien conocida. Las posturas innovadoras son menos conocidas, por ser menos difundidos los textos y conceptos que las fundamentan.

1. Renovar: la moral católica en clave de un nuevo paradigma

La orientación moral innovadora asume en mayor medida los avances de las ciencias biológicas y de las ciencias humanas: sociología, antropología y psicología. Tiene una actitud más abierta con la masturbación del adolescente, tomando en cuenta que la psicología muestra que puede constituir una conducta transitoria y muy común, que forma parte usual del descubrimiento de la sexualidad por parte del joven. En su valoración moral debe considerarse el conjunto de su desarrollo y no una conducta aislada, y no siempre se valora como falta grave.

En la moral renovada se valoriza fuertemente la dignidad del amor sexual conyugal por sí mismo, independientemente del fruto de los hijos. En la regulación de la natalidad, la propuesta innovadora considera que son los propios esposos quienes deben discernir los métodos más adecuados según su situación de vida, pudiendo justificarse métodos tales como la píldora y los preservativos, además del ya tradicional método de la continencia periódica. Por otra parte, en ciertas circunstancias es aceptable la esterilización quirúrgica como método de prevención del embarazo, como en el caso de una mujer portadora de una enfermedad en riesgo de agravarse por un embarazo.
En la moral innovadora la continencia sexual por sí misma ya no es considerada un valor privilegiado en la vida conyugal, como era antaño. Por el contrario, se reconoce que, en ciertas circunstancias, la continencia puede ser dañina para la relación de pareja pudiendo poner en riesgo la estabilidad matrimonial y arriesgar también la seguridad futura de los hijos. En consecuencia, se valora la continuidad de la vida sexual conyugal, lo que fue recogido en el Concilio.

Moralistas innovadores consideran que los recientes métodos de fecundación asistida pueden ser legítimos en casos de esterilidad, con mayor razón al ser realizada para fecundar a la esposa con semen del esposo. El teólogo Janssens plantea incluso la posibilidad de que a veces la fecundación heteróloga (con semen de un donante diferente del esposo) pueda justificarse moralmente en ciertos casos. También hay planteamientos innovadores en el tema de las relaciones prematrimoniales. En temas como la homosexualidad, los teólogos innovadores también hacen planteos abiertos y benevolentes, particularmente si en la pareja existe amor, compromiso personal y fidelidad.

En el caso de la epidemia de sida, los innovadores aceptan el uso del condón como forma de prevención, cuando no sea posible la abstinencia. En casos en que en un matrimonio uno de los esposos está infectado por la enfermedad, se acepta y considera necesario el uso del condón como forma de conservar la vida sexual y de proteger al cónyuge sano. Un obispo sudafricano pedía aceptar el condón en la lucha contra esta enfermedad.

En el tema de moral matrimonial, en el caso de los divorciados y vueltos a casar, hay una importante corriente innovadora. En el propio Sínodo de la Familia de 1980 el conjunto de los obispos recomendó al Papa estudiar la práctica benévola de la iglesia oriental respecto a los segundos matrimonios de separados, lo que no fue aceptado por Roma. Hay teólogos y obispos con una postura abierta respecto a la posibilidad de integración religiosa completa de los segundos matrimonios. El obispo francés Le Bourgeois y, por otra parte, tres obispos alemanes –Lehmann, Kasper y Sour– han escrito pastorales considerando posible la admisión de los segundos matrimonios a la comunión, en un discernimiento entre el sacerdote y los esposos. También en Chile el obispo Hourton y el teólogo moral José Aldunate se han pronunciado en este sentido. Algunos pastores practican este enfoque, con discreción.
En las posturas innovadoras hay apertura a la posibilidad de que la mujer pueda desempeñar un rol más activo en la iglesia. Autores renovadores juzgan que el sacerdocio no debe considerarse vinculado esencial y necesariamente al sexo masculino de modo definitivo. Consideran que este vínculo tradicional –masculinidad y sacerdocio– puede tener un fundamento histórico y cultural, por lo cual sería posible su revisión en el futuro, abriéndose nuevos espacios a un rol más activo de la mujer.

Hay posturas innovadoras en el tema del celibato sacerdotal, habiendo autores que, si bien evalúan positivamente la conservación del celibato sacerdotal, consideran conveniente hacerlo voluntario en ciertos casos, de modo que sea posible la admisión de hombres casados al sacerdocio. Esta posibilidad fue planteada por muchos obispos a Pablo VI, con el fin de poder atender comunidades que carecían de sacerdotes. El tema se debatió en el Sínodo de Obispos de 1971 y, aunque en esa ocasión no se logró aprobar un cambio en la materia, hubo gran número de obispos a favor de permitir la ordenación de hombres casados: votaron por aprobar esta innovación 87 obispos (el 45%) de los 194 asistentes.

2. La enseñanza oficial en clave de paradigma tradicional

La enseñanza moral oficial tiende a conservar las normas morales de épocas anteriores y condena como falta grave toda masturbación, aunque pueda disminuir la responsabilidad por razones subjetivas. También se condena severamente el uso de los anticonceptivos orales con el fin de regular la natalidad, permitiendo a los matrimonios solamente el método natural de la continencia periódica durante los días fértiles (método del ritmo o Billings). También se condena rigurosamente el uso de los preservativos y de la esterilización quirúrgica con el fin de prevenir un embarazo. En la situación de una enfermedad de la mujer con riesgo de que su salud pueda agravarse en caso de un embarazo, en que el método del ritmo no dé la seguridad necesaria, se prohíben los métodos activos de prevención (los anticonceptivos y la esterilización). En tal caso se acepta sólo el camino de la abstinencia permanente.

En los casos de esposos que sufren esterilidad, la moral oficial rechaza la mayor parte de las formas de fertilización asistida. A estas parejas se les recomienda buscar otras formas de canalizar su deseo de paternidad y maternidad, como la adopción. En relación a la epidemia de sida, se rechaza con rigor el uso del preservativo para prevenir el contagio, aceptándose únicamente el método de la abstinencia sexual como forma de prevención, además, naturalmente, de la mantención de la pareja única. El año 2010 el papa Benedicto XVI mencionó la posibilidad de que se justifique el uso del condón en la prevención del sida, en el caso extremo de la prostitución, como mal menor. La enseñanza tradicional prohíbe el uso del preservativo en el caso de que uno de los cónyuges se encuentre enfermo de sida. En este dilema moral se prescribe la abstinencia como única conducta moralmente legítima para preservar la salud del cónyuge sano.

La enseñanza oficial rechaza rigurosamente la admisión a la comunión de los separados y vueltos a casar. Para poder acceder a la comunión, en Familiaris Consortio se pide la separación del segundo matrimonio o, en caso de seguir viviendo juntos, se exige que suspendan la vida sexual conyugal guardando continencia de por vida. Respecto a la homosexualidad, la enseñanza tradicional considera que toda práctica de tipo homosexual es gravemente desordenada, siendo la continencia definitiva el único camino moralmente aceptable.

En relación al celibato sacerdotal, la visión clásica considera que esta disciplina es muy beneficiosa para el orden sagrado (sacerdocio ministerial) y, si bien teóricamente se considera posible una revisión, en la práctica siempre se ha obstaculizado un cambio en este tema. La doctrina tradicional rechaza tajantemente considerar la posible admisión de la mujer al sacerdocio. La autoridad considera que el orden sagrado está vinculado al sexo masculino de modo indiscutible y definitivo, descartando estudiar el punto de modo absoluto, considerando que la Iglesia no tiene el poder para hacerlo.

Al realizar este breve resumen, nos llama la atención que la enseñanza tradicional contemple la continencia sexual como solución final frente a varios dilemas morales muy diferentes entre sí. Se pide continencia –eso sí, sólo periódica– a los matrimonios que deseen regular la fecundidad. Se pide: continencia permanente al matrimonio cuya esposa corra el riesgo de enfermar gravemente en caso de embarazo; continencia definitiva a todas las personas homosexuales; continencia definitiva a las personas separadas, tengan o no una segunda unión (a menos que retornen con el primer cónyuge, único caso en el que podrían reanudar legítimamente su vida sexual); y continencia definitiva a los miembros del orden sagrado.

La enseñanza tradicional evalúa que en algunos de estos estados la conducta de continencia puede llegar a constituir una virtud heroica, pero aun así considera que tal condición sería alcanzable por las personas de fe y, en consecuencia, sería exigible. En esta frecuente exigencia de abstinencia sexual para millares de personas como única solución moral en tan distintas situaciones de vida –si bien se dan diferentes fundamentos teológicos en cada caso– nos parece se trasluce una desconfianza por la vida sexual activa, herencia cultural de los siglos anteriores.

IV. Conclusión

Durante muchos siglos en la doctrina oficial ha predominado una concepción moral de raíces antiguas –helénicas y agustinianas–. Sin embargo, en las últimas décadas se ha ido desarrollando una comprensión moderna y renovada de la sexualidad estimulada tanto por las nuevas perspectivas filosóficas personalistas como por las ciencias –la biología, la psicología, la sociología–. Esta nueva comprensión moral da cuenta de la conducta de hombres y mujeres que difiere de las orientaciones oficiales, siguiendo en esto su propia conciencia de creyentes. Muchas personas, aun respetando a sus pastores, no comprenden las enseñanzas entregadas en clave antigua y no las pueden acoger.

Lamentablemente se da con frecuencia una escisión dañina para el pueblo de Dios, en que las personas viven con una doble conciencia: una propia, que guía la conducta, y otra, orientada por el Magisterio, dejada de lado más o menos deliberadamente. La constatación de esta escisión nos llevó a estudiar el surgimiento histórico de esta crisis en la comprensión de la sexualidad entre los católicos.

Como vemos, en la comunidad católica coexisten hoy dos maneras de pensar la sexualidad que hasta ahora discurren en paralelo y en conflicto latente. En la práctica, una mayoría de los fieles parece coincidir intuitivamente con el paradigma innovador, afín al pensamiento moderno. Así, buena parte de los fieles si, llegado el caso, los necesitan para regular los nacimientos, pueden decidir el uso de métodos anticonceptivos. Por su parte, la doctrina oficial se guía por el paradigma clásico, reafirmándolo en los documentos magisteriales, pero teniendo dificultades para persuadir a muchos de los fieles e incluso a parte de los sacerdotes y teólogos. El paradigma clásico inspira en términos generales los documentos oficiales y es por tanto bien conocido. El paradigma innovador se encuentra expresado en textos dispersos, especializados y de circulación problemática por diferir de la doctrina oficial, aunque esta visión está viva en la práctica de muchos fieles.

El hecho de compartir una fe común lamentablemente no significa que todos compartamos un mismo paradigma respecto a la sexualidad. Después de 1968, fecha en que se intentó superar esta crisis sin resultados, se da una pluralidad de hecho. Es necesario recuperar gradualmente la capacidad de un diálogo fructífero en el terreno de la moral sexual. Hace falta aceptar con humildad que los católicos no hemos podido evitar que subsistan dos modos de abordar la sexualidad: una concepción tradicional y oficial, y otra, innovadora y no regular.

Para terminar, queremos recordar la evolución reciente de la teología en otra área: la lectura de la Biblia. Es notable que en la exégesis los aportes del pensamiento moderno y de las ciencias –el método histórico crítico y otros aportes de la lingüística y la hermenéutica– hayan sido aceptados. Este progreso significó despojar a la Palabra de Dios de su aparente condición de intocable, pero respetando lo esencial de su carácter sagrado. Así, la lectura de la Biblia es realizada hoy de un modo nuevo, lo que ha permitido volverla más asequible al hombre moderno. De modo análogo, nos parece que la reflexión católica sobre la sexualidad se está debatiendo actualmente en un dilema epistemológico semejante al que hace algunas décadas vivió la interpretación de la Escritura. Sugerimos que en ambos casos –ayer con la Escritura y hoy con la sexualidad– el dilema para los católicos consiste en optar entre una actitud de rechazo o bien de acogida de los aportes de la modernidad y la ciencia.
Pues bien, nosotros pensamos que si en lo más precioso a los ojos de la fe –la Palabra de Dios– se ha aceptado finalmente un nuevo modo de lectura, más actual y moderno, ¿por qué razón habría de ser la sexualidad humana más preciosa e intocable que la Biblia? Por este motivo, pensamos que hoy la pregunta clave es: ¿es posible que podamos renovar nuestra visión del origen sexual de la vida, respetando su carácter sagrado de tal manera que pueda ser abordado de un modo humanizador con los instrumentos y conceptos que la modernidad ha descubierto? Nuestra respuesta es afirmativa. En una comunidad el camino de solución es el diálogo fraterno, como lo expresaba la cita inicial de León XIII: “Dios ha dejado la solución de muchos problemas al juicio de los hombres. Por tanto, éstos tienen derecho a debatirlos entre sí, a fin de encontrar la verdad”.

1. Citado por P. CRISTOPHE, Para Leer la Historia de la Pobreza, Verbo Divino, Estella, 1899, 221.
2. Se presenta aquí una versión modificada y abreviada del artículo Moral Sexual Católica ¿En Crisis de Paradigma? Un estudio desde la Historia de las Ciencias, publicado en Revista Moralia, del Instituto Superior de Ciencias Morales, Madrid Volumen XXXI, 120 (2008), 447-480, disponible en internet revista RELat nº 388.
3. Cf. A. BENTUÉ, La “Opinión” de las Mayorías en la Iglesia, Su valor Teológico. Mensaje 545 (2005), 16.
4. Cf. T. S. KUHN, La estructura de las revoluciones científicas, Santiago de Chile, 2004.
5. Ibídem, 269.
6. Ibídem, 149-151.
7. “La existencia misma de la ciencia depende de que el poder de escoger entre paradigmas se delegue en los miembros de una comunidad.” Ibídem, 258. “…es la comunidad de los especialistas, que no sus miembros individuales, la que hace efectiva la decisión”. Ibídem, 305.
8. El nombre completo era Comisión Pontificia para el Estudio de la Población, la Familia y los Nacimientos Cf. J. NOONAN, J, Contraconception, A History of his Treatment by the Catholic Theologians and Canonists, Cambridge, 1965, 53; PH. KAUFMAN, Manual para Católicos Disconformes, Buenos Aires 2004, 109.
9. Dos de las tres parejas dirigían clínicas en las que se enseñaba el método del ritmo. El tercer matrimonio, los Crowley, era líder del Movimiento Familiar Cristiano. Cf. PH. KAUFMAN, o.c., 102.
10. A.VALSECHI, Regulación de los Nacimientos. Diez Años de Reflexión teológica, Salamanca 1968, 80.
11. Casti Connubii, n. 20.
12. Los Tres Documentos de la Comisión Pontificia sobre Control de la Natalidad, Ed. ZYX, Madrid, 1967, 53.
13. Ibídem, 57.
14. M. ROHNHEIMER, Ética de la Procreación, Rialp, Madrid, 2004, 64.
15. M. VIDAL, Moral de Actitudes II, Perpetuo Socorro, Madrid, 1977, 261. El paradigma tradicional no puede sino rechazarla. Cf. T. MIFSUD, Moral de Discernimiento II, El Respeto por la vida Humana. Bioética. San Pablo, Santiago, 2002, 159-169. En este tema Mifsud observa dos posturas: “la tradicional y un nuevo enfoque abogado por la mayoría de los moralistas” (p. 166). A nuestros ojos estas dos posturas –tradicional y nueva– se extienden prácticamente a todo el campo de la moral sexual. Esta postura de Vidal, junto con otras, fue reprochada en una Notificación por la Congregación para la Doctrina de la Fe el año 2001.
16. En su visión, como en la de los innovadores, la fecundidad no sería necesaria en “cada acto” sino en el conjunto de la vida conyugal. Cfr. A. VALSECHI, o.c., 173.
17. R. BLAIR KAISER, o.c., 67.
18. Ibídem, 65.
19. Palabras de B. Häring, informando coloquialmente del debate de la Comisión, en la Abadía de la Santa Cruz, citado en PH. KAUFMAN, o.c., p. 145.
20. Votación del 6 de mayo de 1966:“¿Es la contracepción intrínsecamente mala, de acuerdo a la ley natural, de tal modo que no puede permitirse en ningún caso?” Respuesta: negativa, 15 (de 19 teólogos). Ibídem, 134. El 23 de Junio se les preguntó a los obispos y cardenales miembros: ¿Es toda contraconcepción intrínsecamente mala? Nueve responden no; tres, si (otros tres se abstienen). Ibídem, p.174.
21. Entre otros, Ottaviani, Prefecto del Santo Oficio, como presidente; Carlo Colombo, teólogo del Papa; el recién nombrado cardenal Wojtyla, de Cracovia (este último no habría asistido). Cf. PH.KAUFMAN, o.c., 109.
22. Entre ellos concurría un profesor de la Pontificia Universidad Católica de Chile. R. BLAIR KAISER, o.c., 247.
23. Los obispos y cardenales por innovar son 9 de 15; es decir, el 60%. Los teólogos por innovar son 15 de 19, es decir, el 78,95%. Cf. PH. KAUFMAN, o.c., 30.
24. J. SELLING, The Reaccion to Humanae Vitae, 13, citado por Ph. KAUFMAN, o.c., 150.
25. A. TORRES QUEIRUGA, La moral eclesiástica atrapada entre el sexo y la política, Mensaje 536 (2005), 11.
26. C. CAFARRA, La Sexualidad Humana, Encuentro, Madrid, 1987, 59-60.
27. En la Antigüedad era conocida una tosca práctica de continencia periódica para evitar el embarazo, método arcaico e imperfecto que era usado por los maniqueos.
28. Familiaris Consortio nº 32, citado en el Catecismo de la Iglesia Católica, 2368.
29. B. HÄRING, Una Desconfianza que Hiere, Comentario a Veritatis Splendor, The Tablet (Octubre 1993); disponible en internet, revista RELat, nº 54 Cf. http://servisioskoinonia.org/relat/.
30. Gaudium et Spes, nº 51.
31. L. JANSSENS, Artificial Insemination: Ethical Considerations, Louvain Studies 8 (1980), 3-29, citado por R. MCCORMICK, Health and Medicine en the Catholic Tradition, Crossroad, New York, 1987, p. 57.
32. A. KOSNIK (Dir.), La Sexualidad Humana, Nuevas Perspectivas del Pensamiento Católico, Cristiandad, Madrid, 1978; R. MCCORMICK, Homosexuality as a Moral and Pastoral Problem, en The Critical Calling, Georgetown University Press, Washington D.C., 1989, pp. 289-314.
33. K. DOWLING, “Let´s not condemn condons in the Fight against AIDS”, Reality 71/6 (2006), pp.20-21, citado en J.S. BOTERO, Los Principios Éticos Evolucionan, San Pablo, Bogotá, 2007, p.177.
34. J. COMBLIN, Conferencia Los Grandes Desafíos para la V Conferencia, Talca, Diciembre 2006.
35. P. HEBBLETHWAITE, Pablo VI, El Primer Papa Moderno, J. Vergara, p. 482.
36. Diario El Mercurio, 21 de Noviembre de 2010.
37. F. CHOMALÍ, Bioética, Aguilar, Santiago, 2009, p.283, citando a E. SGRECCIA.
38. “Es hacer una injuria a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo estimarlos incapaces de un continuo heroísmo. ¿Por qué pues, este heroísmo, si verdaderamente lo exigen las circunstancias, tendría que detenerse en los confines señalados por las pasiones y por las inclinaciones de la naturaleza?”. Pío XII, Discurso a las Comadronas, 29 de octubre de 1951.
39. Un diálogo crítico con Veritatis Splendor fue entablado por parte de un importante grupo de moralistas, incluyendo a Häring, Fuchs, Vidal, Auer, McKormick y otros. Cf. D. MIETH (dir.), Teología Moral, ¿en fuera de juego?, Herder, Barcelona, 1996.

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2 respuestas a ¿Innovar o conservar?

  1. La evolución no existe, es un mito moderno. Existen sí los evolucionistas, los que se empeñan en crear un nuevo cristianismo como quisieron siempre los disidentes del Magisterio de la Iglesia. La Fe Católica no cambió en 20 siglos y éstos van a venir a cambiarla en un santiamen. ¿De qué evolución hablan?

  2. Totalmente modernista. Condenado en la Enciclica Pascendi de san Pio X

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