Un sínodo sobre la familia

Samuel Yáñez
Facultad de Filosofía y Humanidades
Universidad Alberto Hurtado
Coordinador del círculo de Estudios sobre “Sexualidad y Evangelio” del Centro Teológico Manuel Larraín

Está convocado para octubre de 2015 un Sínodo sobre “Los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización”. Para preparar adecuadamente esta Asamblea de Obispos, en octubre de 2014 se realizará en Roma un Sínodo extraordinario, que tendrá a la vista un Documento de trabajo ya dado a conocer, el Instrumentum laboris. Es usual que, para preparar un Sínodo, se consulte a los obispos sobre los temas que se tratarán, se recojan las respuestas y se elabore un documento inicial de trabajo. Lo novedoso, esta vez, es que el papa Francisco dio a conocer públicamente el Cuestionario de preparación, invitando a toda la comunidad eclesial —el pueblo de Dios—, y no solo a los obispos, a hacer llegar sus respuestas y opiniones, mediante las conferencias episcopales respectivas.

Muchos católicos han participado, enviando sus reflexiones. Algunas conferencias episcopales, además de enviar las respuestas de sus Iglesias al Cuestionario, han dado a conocer públicamente sus Informes (1). La Conferencia Episcopal chilena también envío su respuesta, recogida a través de las diócesis del país.
Es interesante atender al tenor de las preguntas del Cuestionario. Los temas consultados pueden agruparse en dos ítems principales.

En primer lugar, se consulta sobre el conocimiento y la adhesión que el pueblo creyente tiene de la doctrina católica sobre la familia (la enseñanza bíblica, la palabra del Magisterio —se mencionan explícitamente documentos del Concilio Vaticano II, la encíclica Humanae Vitae y la exhortación apostólica Familiaris consortio—, la concepción del matrimonio según la ley natural). El segundo grupo de temas tiene que ver con la realidad de la vida familiar hoy, para identificar los desafíos más significativos. Así, hay interrogantes sobre la pastoral familiar, las situaciones matrimoniales difíciles, la práctica de la convivencia prematrimonial, las uniones de personas del mismo sexo, la educación de los hijos en el contexto de matrimonios separados y/o con nuevas uniones, la apertura a la vida y la regulación de la natalidad, el aporte de la familia a la formación de las personas, la oración en familia, la transmisión de la fe en ella.

El peso de una matriz cultural

¿Por qué el papa Francisco ha consultado a todo el pueblo cristiano sobre estas materias? Un motivo probable es su concepción del “pueblo fiel de Dios” como sujeto activo de la evangelización (2). El sentido de fe del pueblo cristiano —sensus fidelium— posee una significación eclesial e histórica. Esta razón estaría también a la base, por ejemplo, de la solicitud que hizo a los cristianos reunidos en la Plaza de San Pedro, al ser elegido Obispo de Roma, para que lo bendijeran.

A esta razón puede agregarse otro motivo, que aparece con suma claridad en las respuestas al Cuestionario que han sido conocidas públicamente. En ellas, se constata la existencia de una gran distancia —puede hablarse de un abismo— entre aspectos de la doctrina moral de la Iglesia en materias de familia y sexualidad, y la práctica usual de la mayoría de los bautizados. Es decir, en medida importante, la enseñanza no es recibida. Se puede ilustrar esto con algunos datos de la realidad chilena, donde un porcentaje alto se declara católico: en 2013, el 70% de los nacimientos ocurrió fuera del matrimonio; anualmente, aproximadamente unos 600 niños nacen por métodos de fertilización asistida; es masivo el uso de métodos artificiales de regulación de la natalidad.

A nuestro juicio, lo que se manifiesta en este hecho —la desarmonía entre doctrina y práctica—, no es solo un asunto de comunicación (deficiencias en la transmisión de la verdad cristiana, sea por limitaciones del emisor o del receptor), ni tampoco únicamente un tema de desmoralización (el contexto moderno llevaría a que se pierdan los valores cristianos). El diagnóstico que atiende solo a problemas de comunicación y desmoralización no acierta a ver un punto crucial, aunque —claro está— existen dificultades de comunicación y el ethos del consumo afecta la vida cristiana. Lo que pasa es que la formulación de la doctrina católica sobre familia y sexualidad —que busca vehicular intelectualmente la buena nueva del Evangelio del amor y de la misericordia, como palabra que acompaña, libera y da esperanza— carga con una matriz cultural, con lo que podría denominarse una “mentalidad”, que no es la mentalidad en que desenvuelve su vida la mayoría de los bautizados.

El siglo XX ha traído cambios y avances en la comprensión que tenemos de la sexualidad humana, haciendo descubrimientos importantes (el período femenino), poniendo de relieve sus aspectos culturales —es lo que se expresa en la categoría de “género”—, desarrollando un saber más específico sobre variantes de la sexualidad (diversidad sexual), destacando los aspectos unitivo y fruitivo de la vida sexual. Los cambios sociales también han afectado hondamente la vida familiar, modificando su configuración (familias más pequeñas, la realidad de la separación, familias monoparentales, etc.). La desarmonía entre doctrina y práctica expresa, a nuestro juicio, una escisión cultural en la comunidad eclesial. Se ha sostenido que el Concilio Vaticano II ha sido el primer concilio mundial, global, de la Iglesia católica, en la medida que en él se dieron cita culturas y mentalidades diversas, unidas por la experiencia de Jesucristo. Pero ese Concilio dejó esta tarea pendiente: la del diálogo cultural interno a la tradición occidental, marcado por la inflexión que va de lo antiguo y medieval a lo moderno y contemporáneo en temas de familia y sexualidad. Es en estos temas donde el diálogo entre Iglesia y mundo moderno tiene todavía una tarea pendiente.

Por estas razones, y no porque los temas de sexualidad sean más importantes que los temas sociales, el tema de la familia y la sexualidad es hoy de la más alta importancia para la Iglesia. Está en juego que la palabra del Evangelio llegue a las nuevas generaciones “al modo del receptor”. No se trata de “acomodarse” a los tiempos, como algunos han sostenido, sino de que la doctrina cristiana sea formulada en discernimiento, atendiendo a lo que el mismo Espíritu Santo va suscitando en la historia y en el mundo. Para esto, es muy necesario escuchar lo que se expresa en el sentido de fe —sensus fidelium— de los bautizados. Las nuevas realidades son ocasiones de actualización de la misma verdad cristiana, que de este modo va reconociendo novedades en sí misma y, al hacerlo, se hace capaz de acompañar amorosamente a los hombres y mujeres de cada tiempo y cultura. La verdad cristiana también peregrina en la historia. Esta —la historia— no es meramente algo accidental para ella. No podría ser de otra manera: es la verdad del Dios-hombre, del Cristo-historia.

Se hace necesario, entonces, y pienso que la iniciativa del Papa es consciente de ello, un diálogo profundo y honesto, una conversación de los católicos atenta al Espíritu que habla, de diversas maneras, en el Magisterio (doctrina), en el sentido de fe de los bautizados (práctica) y en una teología sensible a los cambios culturales. El Sínodo de 2015 habrá cumplido su promesa si es capaz de escuchar al “pueblo fiel”, dejándose interpelar por su realidad y encontrando creativamente nuevas vías pastorales para anunciar un Evangelio que ilumina, alienta y sostiene los proyectos y las vías sinuosas del amor humano.

Notas

(1) En el sitio https://sinodofamilia2015.wordpress.com pueden encontrarse el Cuestionario de preparación, algunas Respuestas enviadas y dadas a conocer públicamente por algunas Conferencias Episcopales (Alemania, Bélgica, Francia, Japón, Suiza), y el Instrumentum laboris para la reunión de octubre de 2014.
(2) Cfr. Scannone, J.C., “El papa Francisco y la teología del pueblo”, revista Mensaje 631, agosto 2014, pp. 14-21.

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