Después del Sínodo de la familia: El hospital de campaña se ha puesto en marcha

Diego García
Mensaje 634 (2014)

Antes de reportar un asunto específico abordado en el Sínodo Extraordinario sobre la Familia celebrado en octubre recién pasado —la situación de las relaciones prematrimoniales—, me he visto en la necesidad de poner en un contexto más o menos amplio el tipo de discusión que acompañó a este importante acontecimiento. En nuestro país, en los meses previos, hubo algunas controversias acerca del carácter que habría de tener el Sínodo y, por extensión, sobre el modo en que se formula y se hace recepción de la enseñanza moral de la Iglesia.

En carta a El Mercurio, el padre Jorge Costadoat, S.J., estimaba que era dable esperar un progreso doctrinal en la enseñanza de la Iglesia en materias de moral de la familia, el matrimonio y la sexualidad, por medio de ajustes en su Magisterio, habida cuenta de los cambiantes desafíos históricos y culturales que ella va enfrentando. Pese a que en esa carta no se especificaba el contenido de esos cambios y adaptaciones, sino solo la posibilidad de que los hubiera, de todos modos suscitó reacciones adversas. Entre ellas, una muy precisa, del profesor José Joaquín Ugarte, quien sostuvo que “el derecho natural es inmutable y obligatorio para todos, de modo que ningún ‘progreso doctrinal’ puede esperarse en estas materias” a las que se refería el padre Costadoat.

Es importante detenerse en esto con cierta tranquilidad, pues lo que está en juego no es solo el contenido de lo que se discute, sino la manera misma de abordar juntos lo que pueda ser la voluntad de Dios para nuestro tiempo.
El psiquiatra Cristián Barría, siguiendo un razonamiento de Jean-Ives Calvez, muestra que entre la moral social y la moral sexual, el Magisterio católico recurre a epistemes diferentes. Tratándose de la moral social, la Iglesia ofrece a los fieles “principios de reflexión”, “criterios de juicio”, y “habla con matices”; reconoce “una graduación” en el modo de proceder en este ámbito, admite el recurso a las sabidurías y ciencias humanas, y permite que los fieles dispongan de un espacio de discernimiento al momento de la adopción de las decisiones que les corresponden en la vida real y concreta: en estos ámbitos de la vida se deja “la aplicación al juicio de cada creyente”. La conclusión de Calvez a este respecto es que, con cierta modestia, el discurso del Magisterio en materia social descansa en un espíritu de “orientar y no dictar”. En cambio, tratándose de la moral sexual, la enseñanza de la Iglesia emplea un lenguaje “abrupto”, un lenguaje de normas, acerca de lo lícito y lo ilícito, donde hay ausencia de matices y gradaciones, y al cabo del cual toda falta sería una falta grave.

Habría una menor recepción de los datos de las ciencias humanas, y la enseñanza en este terreno se caracterizaría por una precisión absoluta, con cierta independencia de circunstancias históricas y sociales cambiantes, sin dejar margen a los fieles para su propio discernimiento, no teniendo ellos más opciones que el acatamiento o la rebeldía frente a esta enseñanza.

Aunque concordando con los contenidos de la enseñanza moral de la Iglesia en materia sexual, Calvez estima deseable que se produzca una convergencia entre las epistemes de esas dos ramas de la moral católica, debiendo ambas más bien coincidir en el modo en que se formula la moral social. Es decir, esto traería consigo que la moral sexual en lo sucesivo se formulara distinguiendo entre principios, por una parte, y aplicaciones o soluciones concretas de los mismos, por la otra, dejando abierto un campo de discernimiento a los fieles para su aplicación en las circunstancias particulares en las que les toca vivir.

INMUTABILIDAD Y “PROGRESO DOCTRINAL” DE LA LEY NATURAL

El profesor Ugarte tiene parte de razón al señalar que la ley natural es inmutable y en tal sentido no progresa. Sin embargo, la aplicación de los preceptos comunes de la ley natural a las circunstancias concretas y contingentes está afecta a la variabilidad y la incertidumbre.

En efecto, a partir de la afirmación básica que nos introduce en el orden moral —“hay que hacer el bien y evitar el mal”— hay tres grandes grupos de dinamismos naturales que actúan en la persona humana: i) el primero, común con todo otro ser sustancial, incluye esencialmente la inclinación a conservar y desarrollar la existencia; ii) luego, común a todos los seres vivos, incluye la inclinación a reproducirse para perpetuar la especie y criar a la prole; iii) Finalmente, propio del ser racional, incluye la inclinación a conocer la verdad acerca de Dios y a vivir en sociedad.

Pues bien, habida cuenta de la generalidad de estos preceptos, para poder realizar decisiones morales concretas es preciso valerse de una razón discursiva, y a mayor concreción de los preceptos a situaciones particulares, mayor contingencia de los mismos. Sostiene la Comisión Teológica Internacional: “No es sorprendente que la realización concreta de los preceptos de la ley natural pueda adquirir formas diferentes en las diversas culturas o incluso en diferentes épocas dentro de una misma cultura. (…) A veces, esta evolución lleva a una mejor comprensión de la cuestión moral. A veces, también, la evolución de una situación política o económica induce a una nueva evaluación de normas particulares que habían sido establecidas antes. La moral se ocupa, en efecto, de realidades contingentes que evolucionan con el tiempo. A pesar de haber vivido en una época de cristiandad, un teólogo como santo Tomás de Aquino percibía esto con claridad: ‘La razón práctica, escribía en la Suma teológica, se ocupa de realidades contingentes, en medio de las cuales se dan las acciones humanas. Por ello, aunque en los principios generales hay cierta necesidad, cuanto más se tratan las cosas particulares, tanto más aparece la falta [de determinación]’”.

Por otra parte, hay que tener en cuenta el propósito de la ley como pedagoga de las personas, con qué ambición y qué modestia se formula. Antes de mencionar el pensamiento de Tomás de Aquino sobre esto, viene al caso una opinión concisa y muy llana acerca de lo que parecía ser la cuestión de fondo del reciente Sínodo. Es la formulada por José Manuel Vidal, experto español en temas Vaticanos. Él sostiene que la diferencia de fondo percibida en el Sínodo no es sobre el contenido doctrinal, sino respecto de la sensibilidad frente a la aplicación de la doctrina. Por una parte, un grupo de los padres sinodales defiende la aplicación rigurosa de la doctrina, movidos por el temor a que si se agrieta una parte del edificio doctrinal, este termine viniéndose abajo. Otro grupo de los padres sinodales, en cambio, sostiene que esa misma doctrina seguirá siendo el ideal que la Iglesia ofrecerá, pero que es un ideal al que no todos llegan y que, en consecuencia, a quienes no alcanzan lo que el ideal propone, no se los puede dejar botados a la orilla del camino. Habría que pasar de una sensibilidad que ve a la Iglesia como un semáforo rojo que dice “no” —y que trae consigo un silencioso y masivo abandono de la Iglesia por parte de los fieles—, a otra que ve a la Iglesia más bien como una brújula. Esta Iglesia-brújula señala caminos y metas, pero tiene en cuenta los inconvenientes y las heridas del recorrido. Esto está muy en consonancia con lo que pedía el papa Francisco al decir “veo a la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla. (…) Curar heridas, curar heridas”.

¿Cómo entender, entonces, el sentido de la ley? Tomás de Aquino, aunque no alcanzó en vida la edad egregia —la cincuentena— en este modo de razonar, sin embargo, y pese a su juventud, da cuenta de una exquisita y amable sensibilidad sapiencial, una bondadosa manera de comprender los defectos humanos y, desde ahí, proponer un itinerario de superación de los mismos. No estaría de más que nosotros procuráramos leer los comportamientos ajenos y propios con la misma sensibilidad. Señala el aquinate, en efecto, que la ley humana —que sí alcanza niveles de especificidad de los que carecen los preceptos de la ley natural— debe imponerse a los hombres en consonancia con sus condiciones, y ha de ser posible según la naturaleza y costumbres del país. Una disposición de la ley no es igualmente factible para quien tiene hábitos virtuosos que para quien no. Por ello, debe permitirse a los hombres imperfectos en la virtud, lo que no podría tolerarse a los virtuosos. En fin, puesto que la ley está hecha para la masa, la mayor parte de la cual se compone de hombres imperfectos en la virtud, no debe por lo tanto la ley prohibir todos los vicios de que se abstienen los virtuosos, sino solo aquellos más graves que pondrían en riesgo la subsistencia de la sociedad. Los imperfectos, al no poder soportar las imposiciones más rigurosas de la ley, caerían en males mayores: “Quien se suena demasiado, sacará sangre” (Proverbios 30, 33).

LAS RELACIONES PREMATRIMONIALES

Este es uno de los ejemplos que ponen de manifiesto la sensibilidad que ha caracterizado la celebración del Sínodo. La cuestión ha sido abordada de modo escueto, pero a la luz de lo señalado anteriormente adquiere más interés. Al momento de finalizar, y en espera de la celebración del Sínodo Ordinario de octubre de 2015, se puede concluir que esta reunión ha trasuntado una comprensión histórica del ser humano. Además, se tiene de ese mismo ser humano una visión positiva: hombres y mujeres se encuentran en proceso de desarrollo, y ante ellos se abre siempre la posibilidad de un mayor crecimiento y de sobrellevar y superar las experiencias de fracaso. Por último, el mensaje que deja el Sínodo exhorta a que el acompañamiento pastoral tenga por propósito apoyar ese camino de crecimiento sin violentar ni imponer a las personas cargas que difícilmente pueden cumplir.

Ante las relaciones prematrimoniales, surge la pregunta acerca de la necesidad de su institucionalización y sobre la licitud de mantener relaciones sexuales con anterioridad a la celebración de un matrimonio.

En favor de la institucionalización, López Azpitarte sostiene la complementariedad entre el amor que se profesan los cónyuges y su manifestación pública solemne —y sacramental, en el caso de los esposos bautizados—. En efecto, la necesidad de esta publicidad solemne se vincula tanto con la importancia que para la sociedad tiene la constitución de una familia abierta a la procreación —por medio de la cual se reproduce la sociedad misma— y en la que habrán de tener cuidado y primera socialización los hijos, como también con el hecho de dotar a esa relación entre los esposos de las precisiones jurídicas que definen relaciones justas entre ellos, deberes y derechos. Es cierto que existe el peligro de un formalismo jurídico vacío, o de un rigorismo legal asfixiante, pero bien entendida la celebración pública y solemne del matrimonio —particularmente, el religioso— es un auxilio y un estímulo a que la declaración pública de compromiso mutuo entre los esposos se realice en condiciones de mayor reflexión y seriedad, y que el compromiso que habrán de profesarse trascienda la atracción del momento presente y pueda proyectarse como un “sí” definitivo e incondicional al proyecto de donación mutua que el matrimonio supone, y que al ser mutuo, constituye a los esposos en un “nosotros”. Por su parte, y teniendo en consideración el significado expresivo que la antropología cristiana atribuye a la mutua entrega corporal de la pareja, el criterio favorable a una continencia sexual en el tiempo anterior a la celebración del matrimonio se funda en la importancia de manifestarse mutuamente una capacidad de espera y purificación respecto de un comportamiento que, al mismo tiempo que puede ser expresivo de la entrega de la propia intimidad como ofrenda al otro, y de recepción de la suya como regalo, también puede confundirse con la búsqueda de una gratificación mediante emociones placenteras que tienen su base en un impulso egoísta y con escasa proyección en el tiempo.

Pues bien, en el tiempo preparatorio del Sínodo, fueron dados a conocer diversos documentos; entre otros, los provenientes de algunas conferencias episcopales que hicieron públicos los resultados de la encuesta de 39 preguntas enviada por el papa Francisco a los fieles. El propio Vaticano divulgó un Instrumentum Laboris, con su propio resumen con la información recabada de todas las conferencias episcopales del mundo.

Al observar los contenidos de la Relatio ante disceptationem del Relator General, cardenal Péter Erdö, del 13 de octubre, así como de la Relatio Synodi del 20 de octubre, se advierte que en este tema de las relaciones prematrimoniales efectivamente no hay un giro doctrinal, pero sí una mirada más empática hacia aquellos casos en que la conducta de los fieles se aparta de la práctica querida por la Iglesia, y que en algunas sociedades es de hecho muy masiva, procurando entender sus causas y motivaciones, y discernirlas. Así, por ejemplo, se tiene presente cómo en diversas sociedades hay obstáculos que dificultan la celebración del matrimonio, motivo por el cual muchas parejas conviven durante períodos prolongados sin formalizar un vínculo, no obstante su propósito de perseverar en esa convivencia. Incluso, dicen los obispos, para mucha gente casarse puede llegar a ser un lujo que no se pueden permitir. En efecto, y dejando de lado aquellos casos en que la convivencia no parece implicar el propósito de perseverar en ella, el tono de la discusión sinodal se aparta de la condena y más bien se acerca al acompañamiento pastoral que invita a perseverar en la realización de un camino conducente a la celebración de un matrimonio cristiano. Esa meta nunca se abandona. En la Relatio ante disceptationem n° 20 se expresa: “Se hace, por lo tanto, necesario un discernimiento espiritual acerca de las convivencias y de los matrimonios civiles y los divorciados vueltos a casar. Compete a la Iglesia reconocer estas semillas del Verbo dispersas más allá de sus confines visibles y sacramentales”. E incluso más adelante titula “Lo positivo en las uniones civiles y en las convivencias”. En estas circunstancias, y recordando lo que decía José Manuel Vidal, lo que se pretende es que la Iglesia no deje botado en el camino a quien se encuentra aún en el itinerario de alcanzar el ideal que la Iglesia propone. Es lo que postulan ambas Relatio: que en las situaciones que no se corresponden todavía con el ideal que propone la Iglesia, se indiquen siempre los elementos positivos que ellas contienen, de modo que se las aborde de modo constructivo, buscando transformarlas en oportunidad de camino hacia la plenitud del matrimonio y de la familia a la luz del Evangelio, acogiendo y acompañando con paciencia y delicadeza a quienes protagonizan esos casos. El ideal permanece siendo el mismo. El gran cambio que se vislumbra es la actitud para convertirlo en una llamada a ingresar a la “casa abierta del Padre, donde siempre hay un lugar para cada uno con su vida a cuestas” (Evangelii Gaudium n° 47). MSJ

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